La escena quedó congelada justo cuando más dolía, y tú no ibas a quedarte sin saber cómo termina. Aquí sigue todo.
El salón del hotel Warwick olía a lilas blancas y a cera de velas recién encendidas. Eran las seis y cuarenta de la mañana del sábado y yo estaba sola frente al espejo del cuarto 412, con el vestido azul marino colgado del armario y el corazón latiéndome en la garganta. Afuera, el jardín ya estaba tomando forma para la boda de mi hija. Adentro, yo me abrochaba los aretes de perla que mi madre me había regalado cuando cumplí quince, imaginando la cara de Olivia al verme entrar del brazo de nadie, porque a esas alturas ya me había acostumbrado a caminar sola.
No sabía todavía que a tres pisos de distancia, en la suite nupcial, mi hija acababa de enviar un mensaje que iba a partir mi vida en dos.
Me llamo Mónica Salazar y durante treinta años hice todo lo que estaba en mis manos para que Olivia nunca sintiera que le faltaba algo. Lo digo sin heroísmo, como lo diría cualquier madre que crió a una hija sola tras la muerte de su esposo. Porque esa es mi historia, y también la suya, y hoy necesito contarla completa para que se entienda lo que vino después.
Treinta años construyendo un escudo
Ricardo murió un jueves de octubre, a los cincuenta y cuatro años, mientras corregía un examen de matemáticas en su escritorio del colegio. Infarto silencioso, dijeron los médicos. Nada que se pudiera haber hecho. Olivia tenía dieciséis y esa tarde llegó del colegio con la mochila colgando de un hombro y me encontró sentada en el suelo de la cocina, con el teléfono todavía en la mano.
Ella no lloró de inmediato. Se quedó parada en el umbral, muy quieta, y después se acercó y se sentó a mi lado sin decir nada. Recuerdo el ruido del refrigerador, ese zumbido eterno que de pronto se volvió insoportable. Y recuerdo que pensé, con una claridad que todavía me asombra: desde hoy no le va a faltar nada. Te lo prometo, Ricardo. No le va a faltar nada.
No fue una promesa fácil de cumplir. Yo era maestra de primaria en una escuela pública de Cuernavaca y ganaba lo justo. Pero empecé a dar clases particulares por las tardes, y luego también los sábados, y cuando Olivia entró a la universidad me ofrecí para cubrir suplencias en el turno vespertino. Hubo meses en los que salía de casa a las seis de la mañana y regresaba a las nueve de la noche, con la voz ronca y los pies hinchados, y la encontraba en la mesa del comedor con sus libros abiertos y una taza de té frío a un lado.
"¿Estás bien, mamá?", me preguntaba siempre.
"Siempre", le respondía yo, y me sentaba a revisar sus ensayos de derecho enfrente de ella.
Nunca llevé la cuenta de mis sacrificios. No es falsa modestia: nunca lo hice. Cuando uno quiere a alguien con toda el alma, los sacrificios ni siquiera se sienten como sacrificios. Yo no estaba ahorrando para mi jubilación cuando pagaba sus materias; estaba comprando un futuro para mi hija. Punto. Creía, de verdad lo creía, que el amor de una madre no necesita facturas.
Olivia se recibió con honores a los veintidós. Consiguió trabajo en un despacho de la Ciudad de México a los veintitrés, se mudó a un departamento pequeño en la Condesa y empezó a salir con un chico llamado Tyler Whitmore, que había estudiado con ella la carrera y trabajaba en la empresa de su padre.
Cuando me lo presentó, la primera vez, él me dio la mano con una firmeza estudiada y me dijo: "Mucho gusto, señora Salazar. Olivia me ha hablado mucho de usted." Tenía una sonrisa perfecta y una corbata que costaba más que mi semana de sueldo, y en algún rincón de mi pecho se encendió una alarma que decidí ignorar porque mi hija se veía feliz.
La boda de los sueños de alguien
Los Whitmore eran de esas familias que no necesitan decir su apellido dos veces. El padre de Tyler era dueño de una cadena de hoteles boutique en la costa y la madre presidía un comité cultural en San Miguel de Allende. Cuando Olivia me contó que se casaba, yo lloré de alegría en el teléfono. Cuando me contó que la boda sería en el jardín del hotel Warwick, con trescientos invitados y una orquesta que venía desde Houston, me quedé un momento en silencio.
"Mamá, no quiero que te preocupes por nada. Tyler y su familia se encargan de casi todo", me dijo, y algo en su tono me sonó a disculpa. "Pero hay algunas cosas que quiero que salgan de nosotras. Cosas mías. ¿Me entiendes?"
La entendía perfectamente. Y por eso, cuando me pidió ayuda con las flores, no lo pensé. Cuando me pidió ayuda con el champán, tampoco. Las fotografías, los detalles de la mesa dulce, los recuerdos personalizados para los invitados, los arreglos de la ceremonia y los centros de mesa de la recepción. Todo eso "tenía que ser especial", y todo eso mi hija quería pagarlo con lo que ella llamaba "el apoyo de la familia de verdad".
Fui sacando de mis ahorros poco a poco. Primero veinte mil dólares, después treinta, después cincuenta. Cada vez que Olivia me llamaba con una nueva idea, yo escuchaba la ilusión en su voz y me decía: es la única hija que voy a tener, es su única boda, es su único día. Terminé aportando ciento cuarenta y seis mil dólares.
Ciento cuarenta y seis mil dólares. Lo escribo con todas sus cifras porque necesito que se entienda el tamaño del agujero. Con ese dinero pensaba pagar el enganche de mi casita de retiro en Tepoztlán. Con ese dinero pensaba jubilarme dos años antes de lo previsto y dedicarme a cuidar rosas. Con ese dinero pensaba, en fin, comprar mi propia tranquilidad después de una vida tan larga de trabajar para otros.
Pero la tranquilidad puede esperar, me dije. La boda no.
La llamada de las ocho y diez
La noche anterior a la boda, Olivia me llamó por teléfono desde el hotel. Estaba en la suite nupcial, me dijo, con las damas de honor, y quería hablar conmigo un minuto a solas antes de acostarse.
"Mamá, te quería pedir una cosa."
"Lo que quieras, mi hija."
"Que todo salga exactamente como está planeado mañana. Sin sorpresas. Ya sé que tú a veces eres de ideas muy creativas, pero Tyler y su familia hicieron un programa para todo, al minutaje. ¿Sí me prometes?"
Le prometí. Con una mano en el teléfono y la otra en mi pecho, le prometí que todo saldría exactamente como estaba planeado. Pensé que se refería a los invitados, a las horas, a los protocolos. No imaginé, ni en el peor de mis sueños, que entre esas instrucciones que había recibido del equipo del hotel figuraba una enviada a las tres de la mañana, después de nuestra llamada, con una sola línea que iba a cambiar mi vida.
No lo supe entonces. Lo supe a las ocho y diez del día siguiente, cuando el teléfono de la habitación sonó y era la coordinadora de eventos del hotel, con una voz de hielo.
"Buenos días, señora Salazar. Lamento molestarla, pero necesito confirmar algo con usted antes de los preparativos finales."
"Claro, dígame."
"Recibimos una instrucción de la novia. Verá usted… la señora Whitmore me pidió que le transmitiera que no se presente en la ceremonia. Que no está en la lista de invitados."
Me quedé con el teléfono pegado al oído durante lo que me parecieron diez minutos. Afuera, el jardín del hotel se veía como una postal: las sillas blancas alineadas bajo el arco de flores, los meseros poniendo las copas de cristal en las mesas redondas, el sol de la mañana acariciando las lilas que yo había pagado.
"Perdón, creo que no le escuché bien", dije.
"La novia instruyó que usted no debe estar presente en la ceremonia, señora Salazar. Lamento mucho tener que comunicarle esto por teléfono, pero me pidió que se lo transmitiera personalmente."
"¿Olivia pidió eso?"
"Sí, señora."
"¿Ella misma?"
"Hace unas horas, sí. Por escrito."
El silencio más largo de mi vida
Colgué y me senté en el borde de la cama, con el vestido azul todavía colgado del armario, con los aretes de perla puestos, con las medias de seda ya puestas y un zapato en la mano. Fuera, el reloj del vestíbulo debió dar las ocho y cuarto, y el sonido llegó hasta mi cuarto como una campanada de iglesia en una película antigua.
Pensé, con una calma que me sorprendió, en la cantidad de cosas que pueden pasar en trescientos sesenta grados de vida. Pensé en Olivia a los seis años, con un vestido de princesa que le cosí con retazos, pidiéndome que la llevara a la feria del pueblo. Pensé en Olivia a los doce, en su primer vestido de graduación de primaria, agarrada de mi mano para que no le diera miedo el escenario. Pensé en Olivia a los veinte, en el día que me dijo, con los ojos brillantes, "algún día te voy a llevar a vivir a una casa con jardín, mamá. Te lo prometo."
Y después pensé en las palabras del teléfono: "Tyler y su familia tienen invitados importantes."
Como si ser una maestra de escuela con zapatos remendados fuera motivo de vergüenza.
Salí de la habitación con el vestido azul puesto porque no tenía otra ropa que fuera lo bastante digna para que mi hija no se avergonzara de mí si por casualidad me encontraba de camino al elevador. Bajé los tres pisos en el ascensor con la cabeza en alto y la respiración cortada, y caminé por el vestíbulo del hotel con la misma entereza con la que había caminado por los pasillos de la escuela todos esos años.
Afuera, en el jardín, ya había invitados paseándose entre las mesas. Vi a la madre de Tyler, con un vestido color champaña y un sombrero enorme, saludando a un grupo de señoras con abanicos. Vi a Tyler, de esmoquin, abrazando a un hombre mayor con traje blanco y dientes de oro. Y vi, en el centro del jardín, a mi hija.
Estaba preciosa.
Llevaba un vestido de encaje con un velo larguísimo que le caía hasta la cintura, y el maquillaje le había sacado a la luz unos ojos que yo conocía desde antes de que naciera. Estaba de la mano de una mujer de unos sesenta años, de pelo blanco, con un traje de chaqueta color perla, que le acariciaba el brazo y le decía algo al oído. Olivia se reía.
Me acerqué dos pasos. Solo dos. Y Olivia me vio.
Lo que pasó después lo he repasado tantas veces en mi cabeza que ya lo tengo grabado con fotogramas: ella se quedó quieta, mirándome desde el otro lado del jardín; la mujer de traje perla le preguntó algo, y Olivia negó con la cabeza; luego caminó hacia mí, con el vestido levantado en una mano, con el rostro muy serio.
"Mamá, ¿qué haces aquí?"
"Olivia…"
"Te mandé un mensaje con Verónica. Te dije que no vinieras."
"Me enteré hace una hora. No sabía nada."
"Bueno, ya lo sabes. Por favor, necesito que te vayas."
El jardín se quedó en silencio, o al menos así lo sentí yo. Trescientos invitados cuchicheando, trescientos pares de ojos girando hacia nosotras, y mi hija de pie enfrente de mí con esa manera de fruncir el ceño que había heredado de su padre.
"Olivia, soy tu madre."
"Tyler y su familia tienen invitados importantes, mamá. Gente del negocio de su padre, políticos, gente que…" Se quedó sin aire. "No lo puedo explicar ahora, pero necesito que entiendas. Por favor. Es un día muy importante para mí."
"¿Y yo no soy importante?"
Ella bajó la mirada. Un solo segundo. Después la levantó con una dureza que no le conocía.
"Te vas a arruinar el recuerdo de mi boda si te quedas. Y no quiero eso. ¿Me entiendes?"
Lo entendí. Vaya si lo entendí.
El contrato que yo había firmado
Me di la vuelta sin gritar. Lo juro: no grité, no lloré delante de ella, no hice ninguna escena que pudiera echar a perder las fotografías del evento. Caminé por el sendero de grava del jardín con la espalda derecha, pasé junto a las sillas blancas, junto al arco de flores que yo había pagado, junto a la mesa de bienvenida con los recuerdos personalizados que yo había pagado, y entré al vestíbulo del hotel con las manos temblando y la vista nublada.
Me senté en un sillón de la recepción y me quedé ahí, muy quieta, viendo cómo los minutos del reloj del vestíbulo avanzaban hacia las nueve. A las nueve y cuarto empezaría la ceremonia. A las nueve y diez, la orquesta entonaría la marcha nupcial. A las nueve y cinco, Olivia caminaría hacia el altar de la mano de… ¿de quién? No de mí. Nunca de mí.
Y entonces lo recordé.
El contrato.
Todas las contrataciones de la boda —las flores, el champán, las fotografías, la música, la decoración, los recuerdos, los centros de mesa— las había hecho yo, con mi nombre, con mi tarjeta, con mi firma. No Olivia. No Tyler. No los Whitmore. Yo. Mónica Salazar, maestra de primaria, con cincuenta y siete años y una libreta de ahorros vacía.
Y el contrato tenía una cláusula que yo misma había negociado con el gerente del hotel, una cláusula que decía, en letra pequeña, que todos los servicios contratados quedarían sujetos a la aprobación final de la persona firmante hasta cuarenta y ocho horas antes del evento.
"No es que desconfíe", le había dicho al gerente, "es que soy maestra y las maestras siempre leemos la letra pequeña. Y siempre la hacemos valer."
El gerente se había reído. "Como usted diga, señora Salazar. Todo queda en sus manos."
Todo quedaba en mis manos.
Respiré hondo. Me puse de pie. Saqué el teléfono del bolsillo del abrigo que llevaba sobre el brazo y marqué el número del gerente del hotel.
La llamada que lo cambiaría todo
"Señor Obregón, buenos días. Le habla Mónica Salazar."
"Buenos días, señora Salazar. Qué gusto saludarla. Cuéntenos, ¿todo bien con los preparativos?"
"Todo bien, señor Obregón. Escúcheme con atención, por favor." Hice una pausa. Afuera, la orquesta empezaba a afinar. "Le llamo para ejercer la cláusula cuarenta y ocho del contrato que firmé con usted."
El silencio al otro lado de la línea duró tres segundos. Tres segundos eternos.
"¿Está segura, señora?"
"Completamente."
"¿De todos los servicios?"
"De todos."
"Señora Salazar, la boda está programada para empezar en cuarenta minutos. Los invitados ya están llegando. La novia ya está vestida…"
"Lo sé, señor Obregón. Y lamento mucho los inconvenientes. Pero le pido que proceda conforme al contrato. Todas las flores, el champán, la decoración, los recuerdos, la música, los centros de mesa, las fotografías. Todo. La persona firmante soy yo y hoy he decidido no aprobar el servicio."
"Pero… señora…"
"¿Me está diciendo que el hotel no va a respetar el contrato que firmó conmigo?"
"No, no, para nada. Solo quería confirmar que lo había entendido bien."
"Lo ha entendido perfectamente. Y por favor, dígale a mi hija que la quiero. Dígaselo de mi parte. Y que le deseo el mejor día de su vida."
Colgué antes de que él pudiera responder. Me quedé parada en medio del vestíbulo con el teléfono en la mano, temblando entera, y por primera vez en treinta años no me sentí culpable de nada.
Lo que pasó a las nueve y cuarto
La vi desde la ventana del vestíbulo, con la frente pegada al cristal y las manos sobre el marco. La vi cuando la coordinadora de eventos se acercó a ella con el rostro descompuesto. La vi cuando ella se giró hacia Tyler, cuando Tyler se giró hacia su madre, cuando la madre de Tyler se llevó las manos a la boca. La vi cuando los meseros empezaron a recoger las copas de las mesas y a apagar las velas de los centros de mesa que se iban llevando en carritos. La vi cuando la orquesta dejó de afinar y empezó a recoger sus instrumentos.
Y la vi cuando se quedó sola, en medio del jardín, con el vestido de encaje y el velo larguísimo, mirando cómo su boda se deshacía en el aire como una pompa de jabón.
No sentí satisfacción. Juro que no. Sentí una tristeza tan honda que me costaba respirar, una tristeza de treinta años, de todas las noches que me quedé corrigiendo exámenes para pagarle sus sueños, de todos los sábados que di clases particulares para comprarle el vestido de graduación, de todos los cumpleaños que celebré con una vela y una taza de chocolate. Sentí, sobre todo, la tristeza de saber que yo la había criado para que creyera que el amor no se cobra, y que alguien, en algún punto del camino, le había enseñado que se puede tirar a la basura.
Y entonces mi teléfono sonó.
Era Olivia.
"Mamá, ¿qué hiciste?"
"Lo que tenía que hacer, mi hija."
"¡Cancelaste mi boda! ¡Cancelaste todo! ¡La gente ya está aquí, mamá, los invitados de Tyler están aquí, y no hay flores, no hay champán, no hay nada! ¡Es el día más importante de mi vida y lo arruinaste!"
"Olivia." Mi voz salió serena. "Escúchame bien. Yo pagué cada flor, cada botella de champán, cada centro de mesa, cada recuerdo, cada fotografía de esa boda. Con el dinero de mi jubilación. Con el dinero de la casa que ya no voy a poder comprar. Y lo hice porque te amo, no porque estuviera obligada."
"Pero…"
"Y tú, hace dos horas, me dijiste que no estaba invitada porque la familia de Tyler tenía invitados importantes. Como si yo no fuera importante."
Se quedó callada.
"Olivia, ¿sabes lo que es para una madre pasar treinta años cuidando a su hija, y que esa hija le diga, delante de trescientas personas, que se vaya porque la avergüenza?"
"Mamá…"
"Te dije que todo saldría como estaba planeado. Y así salió. Todo salió como tú lo planeaste. Sin mí."
Colgué.
La tarde más larga
Me quedé en el hotel hasta las tres de la tarde. No me fui antes. Me quedé en el vestíbulo, en el mismo sillón de la recepción, viendo cómo las flores se marchitaban en los carritos, cómo la orquesta cargaba sus estuches hacia la camioneta, cómo los invitados se iban retirando uno a uno con esa incomodidad de las bodas canceladas. Algunos me miraban con curiosidad; otros con lástima; otros, los más mayores, con una especie de respeto que no supe interpretar en ese momento.
A las tres y media apareció Olivia.
Entró al vestíbulo todavía con el vestido de novia, con el maquillaje corrido y el velo arrastrando por el piso. Se veía como una niña disfrazada de mujer, y no pude evitar pensar en aquella Olivia de seis años con el vestido de princesa cosido con retazos.
Se sentó frente a mí, en el sofá de terciopelo, y se quedó callada mucho tiempo.
"Tyler se fue", dijo finalmente. "Dijo que no podía casarse con alguien capaz de hacerle eso a su propia madre."
"Lo siento."
"No, no lo sientes. Y no quiero que lo sientas." Levantó la mirada. "Mamá, ¿por qué no me lo dijiste antes? ¿Por qué nunca me dijiste que estabas gastando tus ahorros? ¿Por qué nunca me dijiste que no te alcanzaba? ¿Por qué nunca me dijiste que no dormías para pagarme la universidad?"
"Porque no quería que sintieras que te faltaba algo."
"Pero me faltó lo más importante, mamá. Me faltó saber que lo que tenía me costaba a ti."
Nos quedamos calladas mucho rato. Afuera, el jardín estaba vacío; los pétalos de las lilas se habían secado al sol y el arco de flores ya no tenía forma de arco sino de nube marchita.
"La señora que estaba contigo en el jardín", dije al fin. "La del traje perla. ¿Quién es?"
Olivia se quedó en silencio un segundo.
"Es la madre de Tyler. Me estaba diciendo que la boda iba a salir perfecta porque ella había cuidado todos los detalles. Que ya había hablado con los proveedores para que no hubiera nada de lo que avergonzarse." Bajó la mirada. "Ella había mandado el mensaje de que no vinieras, mamá. Se lo pidió a la coordinadora del hotel. Y yo lo dejé pasar. Eso es lo peor. Yo lo dejé pasar."
No dije nada.
"Te dije que no vinieras porque ella me dijo que la gente de la empresa de su marido era gente muy importante, y que una maestra de pueblo con un vestido azul de hace diez años iba a ser lo único feo de la boda." Olivia se cubrió la cara con las manos. "Y yo le hice caso, mamá. Yo le hice caso."
Ahí, por fin, lloró. Lloró como no la había visto llorar ni siquiera cuando murió su padre, con un llanto de niña, con la cara escondida en las manos y el vestido de novia arrugado alrededor de las piernas.
Me acerqué y le puse la mano en el hombro.
"El vestido no es de hace diez años", le dije. "Lo compré hace un mes. Y es azul porque tú, cuando tenías cinco años, me dijiste que querías que fuera de azul a tu boda porque el azul era el color de las princesas que no le tenían miedo a nada."
Olivia levantó la cabeza.
"¿Te acuerdas de eso?"
"Me acuerdo de todo, mi hija. De todo."
Lo que vino después
Esa noche volvimos juntas al departamento de la Condesa. Olivia se cambió el vestido de novia por una sudadera gris que le había dejado una amiga, y nos sentamos en su sala pequeña a comer tamales que pedimos a la esquina, con la televisión apagada y las luces bajas.
No hablamos mucho. Pero en algún momento, entre el segundo y el tercer tamal, ella me dijo:
"Mamá, ¿quieres que te devuelva el dinero?"
"No."
"Pero es tu jubilación. Es tu casa en Tepoztlán."
"Mi casa en Tepoztlán puede esperar. Lo que no puede esperar es que tú entiendas algo." Le puse la mano en la mano. "No hay ningún dinero en el mundo que valga más que el amor de una madre. Pero ese amor no es una cuenta abierta, Olivia. Es una cuenta que también necesita que la miren. Y que la agradezcan. Y que la respeten. El amor no se cobra, pero tampoco se tira."
Ella asintió con los ojos húmedos.
"Tyler me llamó esta tarde", dijo después. "Me dijo que su madre estaba furiosa, que no quiere verme nunca más en su casa. Y que él no puede estar con alguien que avergüence a su familia."
"¿Y tú qué le dijiste?"
"Le dije que la que debería sentir vergüenza soy yo. Por haber dejado que su madre te humillara. Y por haberlo permitido."
Sonreí. Por primera vez en todo el día, sonreí de verdad.
Lo que aprendí en el jardín del hotel Warwick
Han pasado ocho meses desde aquella boda que no fue. Olivia se mudó conmigo a la casa de Cuernavaca; dejó el departamento de la Condesa y consiguió trabajo en un despacho de derechos humanos en la ciudad. Paga la mitad de la renta y la mitad de los servicios, y cuando yo protesto ella me dice: "Mamá, no me quites el gusto de devolverte algo."
Tyler se casó hace dos meses con una chica de Monterrey. Lo vi en una revista de sociales, con un traje blanco y una sonrisa perfecta, y sentí una tristeza rara, no por mí ni por Olivia, sino por la vida que ese muchacho se estaba perdiendo: la vida de tener una suegra que te quiere, que te cuida, que te da las flores que no te va a dar su madre.
La señora Whitmore le mandó a Olivia una carta certificada pidiéndole que devolviera los regalos de compromiso. Olivia los devolvió con una nota que decía, simplemente: "Gracias por todo. Sobre todo por lo que no se llevaron."
Yo sigo dando clases. No me jubilé dos años antes; me jubilaré cuando me toque, y está bien. La casa de Tepoztlán no se compró, pero cada domingo voy a un vivero del centro y me compro una planta nueva para el patio. Tengo rosas, tengo jazmines, tengo una buganvilia que se me está escapando por la barda. No es Tepoztlán, pero es casa.
Y hace tres semanas, Olivia me pidió que la acompañara a comprar un vestido. No para una boda: para una cena de aniversario del despacho donde trabaja. Se probó cinco vestidos, se miró en el espejo del probador, y al final salió con uno azul marino, sencillo, de mangas largas.
"¿Te gusta?", me preguntó.
"Me encanta."
"Es que quiero tener el mismo color que tú, mamá. Para que cuando la gente me pregunte por mi mamá, yo pueda decir: mi mamá es la mujer del vestido azul."
Y esa tarde, caminando por el pasillo del centro comercial con mi hija del brazo, entendí algo que durante treinta años no había entendido. Yo siempre creí que estaba construyendo un escudo para que a Olivia no le faltara nada. Y en realidad estaba construyendo un espejo. Todo lo que yo hacía, ella lo estaba mirando. Todo lo que yo callaba, ella lo estaba aprendiendo.
Por eso, cuando me preguntan si me arrepiento de la llamada que hice aquella mañana, yo contesto lo mismo siempre: me arrepiento de no haberla hecho antes. No porque Olivia se mereciera perder su boda. Sino porque yo me merecía, hacía treinta años, que alguien me respetara lo suficiente como para no tener que cancelar nada.
El vestido azul sigue colgado en mi armario. No lo he vuelto a usar. Pero cada vez que abro la puerta y lo veo, me acuerdo de la mujer que fui esa mañana: la mujer que se puso los aretes de perla de su madre, se miró al espejo del cuarto 412 y salió a caminar con la espalda derecha, aunque el corazón le estuviera temblando.
Esa mujer soy yo. Y de ella, de la mujer del vestido azul, estoy orgullosa.