¿Por qué el policía me dijo que no despertara a la mujer que dormía a mi lado?

La escena quedó en suspenso y tú no ibas a quedarte sin conocer el desenlace. Aquí sigue.

Hay noches que parten la vida en un antes y un después, y uno nunca sabe cuál de las dos mitades le va a tocar vivir.

Eran las tres de la mañana cuando el teléfono sonó sobre la mesa de noche.

Yo dormía profundamente. El turno de la semana había sido pesado y por fin tenía un viernes libre. A mi lado, Isabel descansaba con una pierna cruzada sobre mi cintura, la cabeza hundida en la almohada y el cabello castaño derramado sobre la funda blanca.

Todo estaba en su lugar. Todo era perfecto.

Y entonces sonó el teléfono.

No lo reconocí de inmediato. Sonó una vez, dos veces. Estiré la mano sin abrir bien los ojos y contesté con la voz arrastrada de quien no entiende todavía que el mundo puede cambiar en dos segundos.

—¿Bueno?

—¿Señor Gabriel Mendoza? —preguntó una voz masculina, seca, profesional.

—Sí, soy yo.

—Le habla el oficial Reyes, de la comisaría central. Señor Mendoza, lamento informarle que su esposa, Isabel Mendoza, falleció esta madrugada en un accidente de tránsito en el tramo de la C5.

Sentí el aire congelarse dentro del pecho.

—¿Qué?

—Un vehículo SUV negro impactó contra la barrera de contención. La conductora falleció en el lugar. Necesitamos que venga a identificar el cuerpo.

Mi cabeza giraba en cámara lenta. Tenía la garganta cerrada. No podía responder. Y en medio de esa confusión, hice lo único que cualquiera haría: volteé la mirada hacia el otro lado de la cama.

Ahí estaba ella.

Isabel dormía tranquila, completamente viva, respiraba con la paz de quien no ha pasado ningún susto esa noche.

Su pierna seguía cómodamente apoyada sobre mi cintura. Su pelo caía igual que siempre. Su rostro tenía el gesto relajado de los sueños profundos.

Yo no podía procesarlo. Volví al teléfono con el corazón golpeándome las costillas.

—Oficial… debe haber un error.

—¿Perdón?

—Mi esposa está aquí conmigo.

Silencio del otro lado.

Un silencio largo, incómodo, de esos que no anuncian nada bueno.

—¿Señor Mendoza, usted está seguro?

—Por supuesto que estoy seguro. La tengo al lado durmiendo.

El oficial Reyes no respondió enseguida. Escuché apenas un crujido de papeles, el murmullo de otras voces en una sala de radio, y cuando por fin habló, su tono había cambiado por completo.

—Señor Mendoza, el SUV, la licencia, la cartera y el celular encontrados en el lugar pertenecen a Isabel Mendoza.

Sentí que se me enfriaban las manos.

—Los documentos son auténticos. La licencia tiene su fotografía. La cartera contiene su identificación. Estamos verificando el anillo de matrimonio, pero todo indica…

—Es imposible —lo corté—. Se lo repito: mi esposa está aquí.

Otra pausa.

Larga.

Y entonces el oficial dijo algo que me heló la sangre.

—Señor Mendoza, salga de la habitación. Y no despierte a la mujer que está a su lado.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué dijo?

—Escúcheme bien. Salga de la habitación ahora. No haga ruido. No la despierte.

—¿Gab?

La voz llegó desde detrás de mí.

Me giré lentamente. Isabel estaba despierta. Tenía los ojos abiertos y me miraba fijamente desde la almohada.

—¿Con quién hablas?

El oficial seguía en la línea. Lo escuché respirar.

—No discuta con ella. Busque una oportunidad para salir.

Sonreí como pude. El gesto me costó más de lo que esperaba.

—Una llamada de estafa —dije, con la voz más tranquila que pude fabricar—. Dicen que tuviste un accidente.

Isabel frunció el ceño. Se incorporó apenas sobre los codos.

—Qué bárbaros. Ya no saben qué inventar.

Y se recostó otra vez.

Apoyó la cabeza en la almohada, acomodó el brazo y cerró los ojos como si nada. Como si la llamada hubiese sido una molestia menor. Como si yo no estuviera a punto de reventar por dentro.

Yo intenté levantarme despacio.

Apenas separé las cobijas, su mano se cerró de golpe alrededor de mi muñeca.

No fue un roce. Fue un apretón. Frío, firme, calculado.

—Gab. ¿A dónde vas?

Me sostuvo la mirada. Sus ojos, normalmente mansos, tenían una dureza que no supe identificar en ese momento.

—Al baño —dije.

Un segundo. Dos.

Me soltó.

La llamada que cambió todo

Dentro del baño, cerré la puerta y me senté sobre el borde de la bañera con el teléfono temblando en la mano.

Marqué el 911 convencido de que toda la historia era una estafa. Un fraude telefónico elaborado. Una broma de mal gusto. Algo.

—Emergencias, ¿cuál es su emergencia? —contestó una voz femenina.

—Quiero verificar un reporte. Recibí una llamada sobre un accidente en la C5 con una persona fallecida. Quiero confirmar si el reporte es verdadero.

Me pidieron el nombre. Lo di. Escuché el tecleo de los dedos sobre un teclado.

—Sí, señor. El reporte es real.

Me quedé sin aire.

—A las 2:48 de la madrugada, un SUV negro impactó contra la barrera de contención cerca de la salida de la autopista. La conductora falleció en el acto. El vehículo está a nombre de Isabel Mendoza.

—Eso no puede ser —dije, casi suplicando—. Mi esposa está en casa. Está aquí. Durmiendo al lado mío.

La operadora guardó silencio. Cuando volvió a hablar, su tono era cuidadoso.

—Señor, ya se envió una unidad a su domicilio. Por favor, manténgase en un lugar seguro hasta que lleguen.

Colgué.

Me quedé mirando el espejo del baño.

Y ahí, frente a mi propio reflejo, sentí por primera vez algo que no era miedo ni confusión.

Era la certeza de que nada de lo que sabía sobre esa noche era verdad.

Minutos después, la puerta del baño se abrió desde afuera.

Isabel estaba de pie, con una bata atada a la cintura, el pelo despeinado y una expresión que oscilaba entre la curiosidad y algo más difícil de nombrar.

—Gab, te estás tardando mucho. ¿Estás bien?

—Sí —dije—. Es que la llamada me dejó nervioso.

—¿La de la estafa?

—Sí.

Se acercó a mí y me puso una mano en el pecho. Sentí sus dedos tibios a través de la camiseta. Todo en ella era igual. La misma fragancia, la misma postura, la misma sonrisa leve.

—Mi amor, la gente hace esas llamadas para asustar a la gente. Los bloqueas y ya.

—Ya.

Me miró un momento más de lo necesario. Como si estuviera verificando algo. Como si estuviera escuchando mi respiración.

Después se dio la vuelta y volvió a la cama.

Yo me quedé en el pasillo, con el teléfono apretado en la mano y el corazón latiéndome en las sienes.

Dos minutos después sonó el timbre.

Las llaves que no estaban

Los dos oficiales que llegaron eran jóvenes. Se presentaron como agentes del turno nocturno, con uniforme impecable y el cansancio ya dibujado en los ojos.

Isabel misma les abrió.

—Soy Isabel Mendoza —dijo, con una tranquilidad que a mí me pareció imposible—. ¿Yo soy la que dicen que está muerta?

Los oficiales se miraron entre sí.

—Señora, solo queremos verificar unos datos.

—Por supuesto.

Isabel fue a la habitación, sacó su licencia de conducir de la cartera pequeña que colgaba del respaldo de una silla y se la entregó al oficial mayor.

El hombre la revisó. La giró. La revisó otra vez. La comparó con el rostro de la mujer que tenía enfrente.

Nombre correcto.

Fotografía correcta.

Documento auténtico.

—Señora Mendoza, ¿dónde están las llaves de su SUV?

Isabel miró hacia la bandeja de bronce junto a la puerta, donde siempre dejábamos las llaves.

Estaba vacía.

Su expresión cambió por primera vez. Fue un cambio breve, apenas un parpadeo, pero yo estaba tan cerca que lo vi. Sus dedos se quedaron suspendidos unos segundos sobre la bandeja vacía.

—Tal vez se robaron mi camioneta —dijo—. Esa es la explicación más lógica, ¿no?

Uno de los oficiales anotó algo en su libreta.

El otro me buscó con la mirada.

—Señor Mendoza, ¿usted puede confirmar si su esposa salió de la casa en algún momento esta noche?

—No —dije—. Estuvimos juntos todo el tiempo.

—¿Todo el tiempo?

—Todo el tiempo.

Isabel se cruzó de brazos. Nos miró alternadamente. Su postura era firme, pero noté algo nuevo en su rostro: una tensión en la mandíbula, un brillo húmedo en los ojos que no terminaba de aparecer.

—¿Y ahora qué? —preguntó—. ¿Van a llevarme esposada por un robo que yo sufrí?

—Nadie va a llevarse a nadie —dijo el oficial mayor—. Pero necesitamos que nos acompañe a la morgue a verificar la identidad del cuerpo.

Isabel abrió la boca. La cerró. Miró hacia mí.

—Gab, voy contigo.

Y ahí, por primera vez en la noche, sentí que la mujer que tenía al lado podía ser perfectamente mi esposa. Era exactamente su forma de hablar. Su forma de organizar las palabras. Su forma de no dejar que nadie la empujara sola a un lugar desconocido.

Eso me confundió más que cualquier cosa.

La cartera azul

El hospital tenía esa luz blanca de los hospitales, plana y sin sombras, que convierte todo en un pasillo sin final.

El capitán Ramon Cruz nos recibió en una sala pequeña, con una mesa de metal al centro y dos sillas incómodas. Era un hombre de unos cincuenta años, espalda recta, cabello canoso corto, ojos que ya habían visto demasiado.

—Siéntense, por favor.

Extendió sobre la mesa los objetos que habían sido recuperados del cuerpo en la escena del accidente.

Una cartera azul.

Un reloj color oro rosa.

Una llave de camioneta.

Un celular destrozado, con la pantalla hecha añicos.

Y un anillo de matrimonio.

Lo tomé.

Era una argolla sencilla, de oro blanco, con un ligero desgaste en el borde. La giré entre mis dedos, la volteé, y entonces vi el grabado interior.

G & I.

Gabriel e Isabel.

Yo mismo había mandado a hacer ese anillo antes de nuestra boda. Habíamos discutido durante semanas si las iniciales debían ir con ampersand o con un pequeño corazón entre las letras. Isabel había insistido en el ampersand. Dijo que un corazón sería cursi.

Lo sostuve tanto tiempo que el capitán Cruz tuvo que repetir la pregunta.

—¿Está seguro de que es de su esposa?

Levanté los ojos.

—Completamente.

Isabel, sentada a mi lado, no retrocedió. Ni un centímetro.

—Pudieron robarlo —dijo—. Entraron a la casa, se llevaron las llaves de mi camioneta y mi cartera. Eso está en la bandeja de la entrada. Cualquiera pudo haber entrado.

El capitán Cruz la observó durante varios segundos sin decir nada. Después asintió despacio.

—Es posible. Por eso la identificación todavía no es definitiva.

El rostro de la mujer muerta estaba irreconocible. Lo mencionó sin rodeos. Un impacto a alta velocidad contra una barrera de contención no deja margen para reconocimientos visuales fáciles.

Pero mientras yo sostenía aquel anillo, algo dentro de mí se movió.

Ya no necesitaba saber si la policía se había equivocado.

Necesitaba responder una pregunta mucho más inquietante que cualquier error administrativo.

Si la mujer sentada junto a mí era realmente Isabel…

¿quién había muerto llevando prácticamente toda su identidad?

Isabel tomó mi mano con suavidad. Sus dedos se enlazaron con los míos. Sentí el calor de su piel. Sentí el pequeño callo del dedo medio que se había formado por su costumbre de escribir a mano. Todo era correcto. Todo era ella.

—Gab —dijo, en voz baja—. Vámonos a casa. Esto es una pesadilla.

—Todavía no podemos irnos —dije.

—¿Por qué no?

Miré al capitán Cruz.

—Porque hay un cuerpo sin nombre en esta morgue.

Isabel retiró la mano lentamente.

Fue un gesto mínimo, imperceptible para cualquiera que no la conociera como la conocía yo. Pero yo lo sentí como una puerta cerrándose.

El capitán Cruz se levantó.

—Voy a pedir el resultado preliminar del examen forense. Debería estar listo en un momento.

Y salió.

La espera más larga de mi vida

Nos quedamos solos en la sala.

Isabel se levantó y caminó hacia la ventana. La luz del amanecer apenas empezaba a dibujarse en el horizonte. Su silueta contra el vidrio parecía la misma que yo había visto mil veces, en mil mañanas diferentes, preparando café o mirando la lluvia.

—¿Tú crees que soy yo? —preguntó sin voltear.

—¿Cómo?

—La mujer del accidente. ¿Crees que soy yo?

Me levanté. Me acerqué.

—Estás aquí. Estás viva.

—Eso no responde mi pregunta.

—No sé qué más responderte.

Isabel se giró. Tenía los ojos húmedos.

—Gab, yo te conozco. Llevo once años contigo. Sé cuándo estás asustado y sé cuándo estás mintiendo. Y ahora mismo estás asustado.

—Es normal estar asustado.

—No. Esto no es normal. —Señaló la mesa con los objetos—. Esa cartera yo la tenía en la mano esta tarde. La dejé ahí cuando llegamos de la cena. El reloj me lo regalaste tú en nuestro aniversario. Las llaves estaban en la bandeja antes de dormir. Yo las puse ahí.

Su voz se quebró en la última palabra.

—Entonces alguien entró —dije.

—Entonces alguien entró —repitió, como si necesitara oírlo para creerlo.

El capitán Cruz volvió con un sobre en la mano.

—Tengo el resultado preliminar —dijo, sentándose otra vez frente a nosotros.

Abrió el sobre con calma. Sacó una hoja. La leyó.

Levantó los ojos.

Y antes de decir una sola palabra, miró directamente a Isabel.

La sala se quedó en silencio. Hasta el aire parecía estar esperando.

—Señora Mendoza —dijo el capitán—, ¿usted usa marcapasos?

Isabel parpadeó.

—No.

—¿Tiene algún implante metálico? ¿Tornillos? ¿Placas?

—No.

El capitán asintió. Bajó la mirada a la hoja. La subió otra vez.

—El cuerpo que tenemos en la morgue no tiene marcapasos, no tiene implantes, no tiene ninguna cirugía previa.

Isabel respiró.

—Eu, entonces no soy yo.

—Sin embargo —continuó el capitán—, el tipo de sangre coincide. El grupo sanguíneo coincide. La estatura coincide. La edad aparente coincide. Y el anillo, como ustedes ya saben, no ofrece duda.

—Pero no tengo cirugías —insistió Isabel—. Nunca me han operado de nada.

—Exacto —dijo el capitán Cruz, y en su voz había algo que no terminé de identificar—. Eso es lo interesante.

Isabel lo miró sin comprender.

—¿Cómo?

El capitán dejó la hoja sobre la mesa.

—Señora Mendoza, hace seis años usted se sometió a una cirugía de emergencia en el Hospital San Lucas. Apendicitis aguda. La operación duró cinco horas y le dejó una cicatriz de aproximadamente cuatro centímetros en el costado derecho del abdomen.

Isabel se quedó congelada.

La miré. Miré al capitán. Volví a mirarla.

—Isabel —dije—, tú me contaste eso. La primera vez que nos vimos. Me lo contaste la segunda cita.

Ella no respondió.

—¿Isabel?

—No me acuerdo —dijo, y su voz sonó diferente. Planita. Sin inflexión.

—¿Cómo que no te acuerdas?

—No me acuerdo.

Se llevó la mano al costado derecho del abdomen. Palpó con los dedos a través de la blusa. Palpó más fuerte.

Se quedó callada.

El capitán Cruz nos observaba con una calma que me dio escalofríos.

—El cuerpo de la morgue tiene una cicatriz idéntica —dijo—. En el mismo lugar. De la misma longitud aproximada. Compatible con una apendicectomía.

Isabel levantó la vista.

—Eso no prueba nada. Las cicatrices de apendicitis son todas parecidas.

—Cierto —admitió el capitán—. Por eso no es lo único.

Sacó una segunda hoja del sobre.

—Aquí está la clave.

La pregunta que nadie quería responder

El capitán Cruz nos mostró la hoja. Era un informe de huellas dactilares.

—En la palanca de cambios del SUV se encontraron huellas parciales. Las comparamos con las de la licencia de Isabel Mendoza. Coinciden.

—Mi esposa maneja ese SUV todos los días —dije—. Es normal que estén sus huellas.

—Correcto. Pero también encontramos huellas en el volante que no coinciden con su licencia. Pertenecen a otra persona. Una persona con antecedentes.

Isabel se puso de pie.

—¿Qué antecedentes?

—Hace tres años se reportó el robo de una camioneta en la zona de Ortigas. La dueña denunció que le sustrajeron el vehículo de un estacionamiento. La investigación quedó archivada por falta de pruebas.

—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?

—La camioneta robada era del mismo modelo y color que la suya. Y quien la denunció fue una mujer llamada Verónica Salcedo.

El nombre no me dijo nada. Pero algo en la forma en que Isabel lo escuchó me llamó la atención. No fue sorpresa. Fue reconocimiento.

—¿La conoces? —pregunté.

—No.

—Isabel.

—Que no la conozco.

—¿Entonces por qué pusiste esa cara?

—¿Qué cara?

—Esa.

El capitán Cruz levantó una mano.

—Señora, voy a hacerle una pregunta muy concreta. ¿Usted estuvo esta noche en la salida de Ortigas?

—No.

—¿Puede probarlo?

—Estaba en mi casa. Con mi esposo. Durmiendo.

—¿Alguien más la vio?

—Mi esposo.

El capitán me miró.

—Señor Mendoza, ¿usted la vio salir?

—No.

—¿Y la vio dormir toda la noche?

—Sí.

—¿Desde qué hora?

Tuve que pensarlo. Esa es la parte que todavía me duele.

—Nos acostamos como a las once y media. Yo me dormí rápido. Desperté con la llamada.

—Entonces no puede confirmar que no salió entre las once y media y las tres.

—No.

Isabel me miró con algo parecido al dolor.

—Gab.

—Es la verdad.

—Gab.

—No puedo jurar lo que no vi.

Se sentó otra vez. Muy despacio.

El capitán Cruz juntó las hojas.

—Voy a ser honesto con ustedes. Tenemos un cuerpo sin identificar con la identidad de la señora Mendoza encima. Tenemos un vehículo registrado a su nombre. Tenemos un anillo que no ofrece duda. Y tenemos una persona viva sentada frente a mí que dice no tener la cicatriz que el cuerpo sí tiene.

—¿Y eso qué significa? —pregunté.

—Significa que tengo dos posibilidades. La primera: alguien robó la identidad de su esposa para morir en un accidente. La segunda: su esposa es esa mujer de la morgue, y la persona que está sentada a mi lado no es quien dice ser.

Isabel se levantó de golpe.

—Eso es absurdo. Mi licencia es auténtica. Mi cara es esta. Mi voz es esta. ¡Soy yo!

—Señora, siéntese.

—¡No me voy a sentar!

Le temblaban las manos. La miré. La miré buscando a Isabel. Buscando alguna señal, algún gesto, alguna frase que me confirmara que esa era la mujer con la que había compartido once años.

Estaba ahí. En la forma de apretar los labios. En la forma de echar el pelo hacia atrás. En la forma de respirar profundo antes de hablar.

—Gabriel —dijo, girándose hacia mí—. Mírame. Mírame bien.

La miré.

—Yo soy Isabel. Yo soy tu esposa. Yo te conozco desde que teníamos veintitrés años. Te conocí en la boda de tu prima, con esa camisa horrible de cuadros que te quedaba enorme. Me enamoré de ti esa noche. Nos casamos cuatro años después. Hicimos ese viaje a la playa que tuvimos que cancelar dos veces por tu trabajo. Tu madre no me quería al principio. Ahora me adora. Te gusta el café con dos cucharadas de azúcar y un chorrito de leche fría. Odias los domingos porque te recuerdan a tu padre.

Se detuvo. Respiró.

—Soy yo.

Y yo, sentado ahí, con el anillo de matrimonio en la mano y el corazón partido en dos, no supe qué responder.

Porque todo lo que había dicho era verdad.

Todo.

Hasta el último detalle.

Lo que el capitán dijo al final

El capitán Cruz la observó durante un largo momento.

Después tomó el sobre, guardó las hojas y lo cerró.

—Señora Mendoza, no la estoy acusando de nada.

—Lo parece.

—Le estoy mostrando hechos. Usted puede ayudarme a explicarlos.

Isabel respiró hondo.

—¿Cómo?

—Si la mujer del accidente no es usted, alguien la está suplantando. Alguien que conoce su rutina, sus horarios, sus documentos. Alguien que podría haber entrado a su casa mientras dormían. Y si es usted, entonces la mujer que tengo enfrente tiene que explicarme por qué tiene razón en todos los detalles de su vida.

—¿Y si no tengo explicación?

—Entonces seguimos investigando.

Isabel se dejó caer en la silla. La cabeza entre las manos.

Yo me acerqué.

—¿Estás bien?

—No.

Le puse una mano en la espalda. Sentí su respiración, irregular, agitada.

—Gab, tengo miedo.

—Yo también.

—No de eso. Tengo miedo de que me estés mirando diferente.

Levantó la cara. Tenía los ojos rojos, pero no lloraba.

—Cuando me miras, no me ves a mí. Estás buscando a alguien que me confirme. Y eso me está matando.

No supe qué decir.

Porque era verdad.

El capitán Cruz se aclaró la garganta.

—Señor Mendoza, hay algo que todavía no le he dicho.

Me giré.

—¿Qué?

—El cuerpo de la mujer del accidente estaba vestido con la ropa que usted describe que su esposa usa para dormir.

Se me heló la sangre.

—¿Cómo?

—Camiseta blanca de algodón. Short de dormir gris. Sin zapatos. La ropa interior era de una marca que no voy a mencionar por respeto, pero los forenses ya confirmaron el tipo.

Isabel levantó la cabeza.

—Eso es imposible.

—¿Por qué?

—Porque yo estoy usando esa camiseta ahora.

Nos miramos todos.

Y en ese momento, el capitán Cruz dijo lo que cambiaría la noche para siempre.

—Lo sé. Por eso mandé analizar la muestra de fibras que encontraron en la escena.

Silencio.

—Las fibras de la ropa de la víctima —continuó el capitán, muy despacio— no coinciden con la ropa que la señora Mendoza lleva puesta.

Isabel abrió la boca.

—¿Qué?

—El cuerpo del accidente no está vestido con la ropa que usted usa. Está vestido con una réplica. Misma marca. Mismo color. Mismo corte. Pero un lote de producción diferente. Fabricado hace dos años.

Yo no entendía nada.

—¿Y eso qué significa?

El capitán Cruz nos miró por última vez, alternando entre Isabel y yo.

—Significa que alguien preparó este cuerpo. Que no fue un accidente casual. Que quien planificó esta muerte quería que la identificáramos como Isabel Mendoza sin tener que mostrarle la cara.

Isabel se quedó blanca.

—Alguien me quiere muerta.

El capitán asintió.

—Alguien quiere que usted desaparezca, señora. Y quiere que nadie la busque.

Se levantó.

—Voy a asignarles protección. No vuelvan a su casa. No contesten llamadas desconocidas. No confíen en nadie.

Isabel me agarró del brazo.

—Gab.

La miré.

—¿Y la mujer que estaba en la habitación conmigo?

La pregunta se quedó flotando en la sala.

Porque durante toda la noche, yo la había visto. La había tocado. La había escuchado hablar. Había sentido su mano cerrarse alrededor de mi muñeca.

Y esa mujer estaba a mi lado.

Conmigo.

Viva.

Mientras en la morgue había otra con su ropa, con su anillo, con su estatura, con su historial médico.

El capitán Cruz se detuvo en la puerta.

—Señor Mendoza, cuando llegó la unidad a su casa, ¿la mujer que les abrió tenía las llaves?

—No. Las llaves no estaban.

—Exacto.

Y salió.

Isabel se quedó mirándome. La luz del amanecer entraba por la ventana y le dibujaba una línea dorada en el borde del rostro.

—Gab.

—¿Sí?

—Tú crees que soy yo, ¿verdad?

La miré.

Llevaba once años con ella. Conocía cada lunar, cada gesto, cada manía. Conocía su risa de enojo, su forma de dormir, su manera de quejarse del calor. Todo lo que era ella lo tenía grabado en la memoria como una segunda piel.

Y sin embargo, en ese momento, en esa sala fría del hospital, con el amanecer deshaciéndose por la ventana y el anillo de matrimonio todavía en mi bolsillo, no supe responder.

Porque en mi casa, esa noche, había dormido con mi esposa.

Y en la morgue, según todos los indicios, también.

Isabel me tomó la mano.

—Gab, por favor.

Y cuando su piel tocó la mía, sentí algo que no había sentido nunca.

Un ligero frío.

Un frío que no venía de ella.

Venían de mí.

Porque acababa de darme cuenta de que en algún momento de esa noche, en algún punto entre la llamada y la puerta, la mujer que dormía conmigo había dejado de ser la mujer que yo conocía.

Y no sabía cuándo había ocurrido.

No sabía si había ocurrido.

O si estaba a punto de ocurrir.

La verdad es que no necesitaba saber quién había muerto esa noche en la C5.

Necesitaba saber algo mucho peor.

¿Quién estaba a punto de morir la siguiente?

Deja un comentario