Historias de Familia

La carpeta que Andrés Cruz llevaba en el pecho la noche que entró al establo norte

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Cartera de cuero abierta con una foto antigua de tres niñas en un columpio, junto a una vela encendida sobre una lápida blanc

Esa escena que te dejó con el corazón apretado tiene una continuación, y empieza justo ahora.

¿Cómo se cuenta una muerte que nadie se molestó en avisar?

Valeria, Clara e Inés Cruz llevaban veinte años cargando esa pregunta sin saber que era una pregunta. Crecían, estudiaban, se enamoraban, se peleaban por tonterías y hacían las paces con la misma facilidad con que se pelean las hermanas. Pero debajo de todo eso, en un cuarto oscuro de la casa, vivía una ausencia.

Su padre se había ido un día.

Eso era todo lo que sabían.

Un día se subió a un autobús con una mochila y una foto de las tres en la cartera, y nunca volvió. Su madre, Elena, les dijo durante años lo mismo: que quizás se había cansado, que quizás tenía otra familia en otro lado, que quizás era mejor no esperar.

Nunca dijo la verdad.

Porque la verdad no se la dijeron a ella tampoco.

Un rancho, un domador y una advertencia que nadie quiso escuchar

Andrés Cruz tenía cuarenta y tres años cuando llegó al rancho Los Álamos, en el valle, contratado para trabajar con caballos.

Era domador y cuidador. Y era, sobre todo, un hombre que miraba.

Miraba cómo se comportaba un potro antes de acercársele. Miraba el suelo antes de pisarlo. Miraba los cables antes de encender una luz. En el oficio de los caballos, dice la gente, el que no mira se rompe la cabeza. Andrés había aprendido a mirar desde chico, primero en el campo de sus abuelos, después en cada caballeriza donde trabajó.

Y en Los Álamos, lo que vio no le gustó.

El establo norte era nuevo. Lo habían terminado apenas unos meses antes, con ese orgullo de rancho próspero que le gustaba a su dueño exhibir en las fiestas. Esteban Serrano había hecho dinero en la ganadería y en unas cuantas cosas más que nadie preguntaba, y le gustaba que la gente viera lo que había construido.

El establo norte era un edificio largo, de vigas de madera y techo alto, con doce divisiones grandes, piso de cemento y una hilera de lámparas colgadas a lo largo del pasillo central. Tenía también un cuarto de herramientas al fondo, y un rollo de cableado que un electricista había dejado tirado a medias.

Nunca lo terminó.

Andrés lo notó en la segunda semana. Los cables que salían del tablero no tenían la protección adecuada. Había empalmes hechos con cinta aislante que ya estaba seca, cuarteada por el sol. Uno de los focos del pasillo parpadeaba cuando el viento movía la estructura. Y en el cuarto de herramientas, donde se guardaba el forraje y unos cuantos bidones de combustible para la cortadora, había un toma corriente suelto, colgando de la pared como un diente flojo.

Andrés se acercó a Esteban Serrano una tarde, mientras el patrón tomaba agua fresca en el corredor de la casa grande.

—Don Esteban, hay cosas en el establo norte que hay que revisar.

—¿Qué cosas.

—El cableado. Está mal hecho. Y adentro hay pastura y hay diésel. Si se cruza un corto ahí, no da tiempo a nada.

Esteban se rio. No una risa larga, tampoco despectiva. Una risa corta, la de un hombre que ya decidió que no le va a dar importancia a algo.

—Andrés, tú dedícate a los caballos.

—Es que los caballos son los que van a quedar adentro.

—Ese establo es nuevo.

—Nuevo no es lo mismo que bien hecho.

La cara de Esteban cambió. No mucho. Lo suficiente.

—Te estás poniendo intenso.

Andrés insistió una segunda vez, unos días después, esta vez por escrito. Le pasó una hoja a Esteban con una lista de cosas: el tablero, los empalmes, el toma corriente suelto del cuarto de herramientas, la lámpara del pasillo. Le pidió que la firmara o que la guardara, no importaba, pero que la leyera.

Esteban la dobló en cuatro y se la metió a la bolsa.

No hizo nada.

La noche que empezó todo, según los que estaban ahí

Mateo Serrano tenía diecinueve años y era el hijo mayor de Esteban. Un muchacho callado, de manos grandes y voz baja, que había crecido entre caballos y que prefería la compañía de los animales a la de cualquier persona del rancho.

Mateo quería a Andrés. No como se quiere a un empleado, sino como se quiere a un hombre que te enseña algo sin decírtelo.

Andrés le había enseñado a leer a un caballo antes de montarlo. Le había enseñado a no gritarle nunca. Le había enseñado a poner la mano abierta y esperar, porque el animal decide acercarse, uno no lo obliga.

Y le había contado, mientras cepillaban un alazán, que tenía tres hijas.

—La mayor se llama Valeria —le dijo una tarde—. Es la más terca. La del medio es Clara, esa es pura risa. Y la chiquita, Inés, esa me escribe cartas.

—¿Y por qué no viven contigo?

Andrés se quedó callado un rato, con el cepillo en la mano.

—Porque las cosas con su mamá se pusieron difíciles. Pero yo les mando plata todas las semanas. Y les hablo por teléfono cuando puedo.

Mateo se acordaría de esa conversación veinte años después. Esa y muchas otras.

La del incendio, en cambio, la recordaría toda la vida, y no toda entera. La recordaba por partes, en pedazos, como se recuerdan las cosas que pasan demasiado rápido.

Era de madrugada, entre las dos y las tres de la mañana. Mateo se despertó porque el potro estaba inquieto. Un potro de seis meses que había estado cojeando del casco y que él había estado cuidando personalmente. Se levantó, se puso las botas encima del pantalón del pijama y salió caminando hacia el establo norte.

Después se acordaba del olor.

Un olor dulce, espeso, como de plástico quemado. Después, un chasquido. Después, una luz más naranja de lo que una luz debe ser.

Cuando llegó, ya había humo saliendo de la puerta lateral.

Adentro los caballos estaban gritando.

Mateo no lo pensó. Ese es el problema de los muchachos de diecinueve años: no lo piensan. Abrió la puerta, entró y fue directo a la división donde estaba el potro.

El humo era negro. Le raspaba la garganta. Se agachó para respirar más abajo, como le había enseñado Andrés, porque Andrés le había enseñado eso también, quién sabe en qué momento ni por qué, pero se lo había enseñado.

Alcanzó a soltar al potro. El animal salió disparado hacia el pasillo.

Y entonces el techo hizo un ruido. Un ruido de madera que se dobla y se va.

Mateo se cayó.

Lo que pasó después, puertas adentro

En la casa grande, Esteban Serrano se despertó con los gritos. Salió en pijama al patio, vio el resplandor naranja y supo, antes de que nadie se lo dijera, lo que estaba pasando.

Los peones empezaron a correr. Alguien llamó a los bomberos. Alguien más intentó acercarse a la puerta del establo y el calor lo botó de espaldas.

Y en medio de todo eso, Andrés Cruz cruzó el patio.

Había dormido en el cuarto de los trabajadores, a doscientos metros. Había escuchado los gritos, se había puesto las botas y había salido sin camisa, con el torso descubierto y la cartera de cuero al pecho, esa que siempre llevaba encima y que tenía adentro la fotografía de las tres niñas.

Alguien le gritó que no entrara. No lo escuchó, o no quiso escucharlo.

Entró por la puerta lateral.

El humo adentro era una pared. Andrés se movió por el pasillo a gatas, buscando. Sabía a qué divisiones habían ido los caballos esa noche. Sabía que el potro estaba con Mateo. Y sabía que Mateo, si podía, iba a haber entrado por el potro.

Lo encontró a los pocos segundos. Mateo estaba tirado a mitad del pasillo, entre dos divisiones, con los ojos abiertos y la boca abierta y sin fuerza en los brazos.

Andrés lo levantó en peso.

Mateo después lo recordaría así: el brazo de Andrés rodeándole el pecho, la voz de Andrés pegada a su oreja diciéndole tres palabras, siempre las mismas tres palabras, aunque Mateo nunca pudo decir cuáles eran. Recordaba el sonido del techo crujiendo arriba. Recordaba el calor en la espalda.

Recordaba caer al pasto.

Porque Andrés lo sacó. Andrés lo llevó hasta la puerta, lo empujó afuera y lo dejó tirado a unos metros del establo, donde el aire no quemaba.

Y ahí podría haber terminado todo. Para Andrés, al menos. Podría haberse quedado ahí, tirado en el pasto, tosiendo, respirando, vivo.

Pero escuchó a los caballos.

Todavía quedaban cuatro adentro. Cuatro animales que gritaban desde las divisiones, atrapados, con las puertas cerradas porque alguien había cerrado las puertas esa noche con la tranca de metal, esa tranca que Andrés había advertido que no cerraban bien.

Andrés se levantó.

Los peones lo vieron. Uno le gritó.

Andrés ya estaba entrando otra vez.

El techo se vino abajo unos segundos después.

El silencio

Cuando los bomberos llegaron, el establo norte era una estructura de vigas negras y humo blanco. Los caballos que se salvaron fueron los que habían salido por las puertas laterales antes de que el fuego cerrara el pasillo central.

Mateo despertó en el hospital dos días después.

Su padre estaba ahí, sentado en una silla de plástico, con la cara de un hombre que no había dormido. Le dijo que se había salvado. Le dijo que iba a estar bien. Le dijo que no se preocupara por nada.

Mateo preguntó por Andrés.

Esteban no respondió.

Mateo preguntó otra vez.

—Ya se resolvió —le dijo su padre.

Mateo no entendió entonces a qué se refería. Tardó veinte años en entenderlo del todo.

En el rancho, esa semana, se hicieron cosas. Se movieron papeles. Se hicieron llamadas. Esteban Serrano conocía gente; siempre había conocido gente. Se habló con el juez de la zona, se habló con la funeraria, se habló con quien había que hablar.

El cuerpo de Andrés Cruz se enterró en un panteón del pueblo con una placa que dice su nombre y dos fechas. Nadie del rancho fue al entierro, salvo Mateo, que fue en muletas y en secreto, y que se quedó al fondo, con la cabeza agachada.

Y en la casa de Elena Cruz, en la ciudad, no llegó ningún telegrama.

No llegó ninguna llamada.

No llegó nada.

Las tres hermanas hacen lo que llevan veinte años postergando

Elena Cruz era una mujer que había aprendido a no preguntar. Se había casado muy joven, había tenido tres hijas muy seguidas, y había vivido los últimos años con Andrés entre trabajos temporales y viajes largos, con esa distancia que se va formando y que nadie decide, solo se va formando.

Cuando Andrés dejó de llamar, ella pensó que se había cansado. Cuando dejó de mandar plata, pensó que se había ido con otra. Cuando pasaron los meses, después los años, pensó que era mejor no abrir esa puerta.

A las niñas les dijo: su papá se fue.

Y las niñas crecieron con eso.

Valeria, la mayor, la que había heredado la terquedad de su padre. Clara, la del medio, la risa fácil. Inés, la menor, la que escribía cartas y las guardaba en una caja de zapatos porque nunca tuvo a quién mandárselas.

La caja tenía cuarenta y siete cartas.

La última decía: Papá, ya cumplí quince. Si estás vivo, contéstame.

Nunca contestó. No porque no quisiera. Porque no podía.

Todo se movió un martes por la tarde, veinte años después, cuando Clara se topó con un video en su teléfono. Un video casero, viejo, grabado con una cámara de mala calidad, que alguien había subido a las redes.

En el video se veía un establo ardiendo de noche.

Y en el video, un hombre sin camisa entraba a ese establo por segunda vez.

Clara se quedó congelada.

Llamó a Valeria. Valeria llamó a Inés. Las tres se sentaron en la sala de la casa de su madre, con la computadora en las rodillas, y vieron el video cinco veces seguidas.

No había duda.

Era su papá.

Era su papá entrando a un incendio, en un rancho que ninguna de ellas había oído nombrar nunca, del que nadie les había hablado nunca.

Esa noche no durmieron.

Al día siguiente empezaron a preguntar. Fueron con la policía, con un abogado, con un periodista local. Fueron al archivo del registro civil. Preguntaron por muertes por incendio en el valle, ese año. Encontraron el nombre.

Andrés Cruz.

Fecha de defunción.

Lugar: rancho Los Álamos.

Y una dirección, en un pueblo a siete horas en autobús.

A la madre no le dijeron nada todavía. Las tres decidieron que primero tenían que entenderlo ellas.

Y el sábado siguiente subieron al autobús.

El rancho Los Álamos, veinte años después

El rancho seguía ahí. Más viejo, más callado. Los álamos del camino habían crecido enormes. La casa grande seguía siendo la casa grande, aunque con menos pintura y más humedad en las paredes.

Las tres hermanas bajaron del autobús en la terminal del pueblo y tomaron un taxi. Iban vestidas sencillo, con mochilas. Valeria llevaba la caja de zapatos con las cartas adentro. Inés llevaba la foto que su mamá guardaba escondida en un cajón, esa donde su papá estaba con las tres niñas en brazos, todas chiquitas, todos sonriendo.

Llegaron al rancho a media mañana.

Un peón viejo las atendió en la puerta. Les preguntó qué querían. Valeria le dijo:

—Buscamos hablar con el señor Serrano.

—Don Esteban murió hace tres años.

—¿Y quién quedó a cargo?

—El hijo. Mateo.

Mateo Serrano salió a la puerta del corredor veinte minutos después.

Tenía casi cuarenta años entonces. Estaba más delgado que a los diecinueve, con la cara un poco cansada y las manos marcadas. Usaba camisa de manga larga, botas, un sombrero de palma que se quitó apenas vio a las tres mujeres paradas en el patio.

Las miró.

Y supo quiénes eran, antes de que ellas dijeran una palabra.

Les dijo que pasaran. Les ofreció agua fresca. Se sentaron en la mesa de la cocina, esa mesa larga de madera que había visto tantas conversaciones. Afuera, un perro dormía al sol.

Valeria habló primero.

—Venimos por nuestro papá. Andrés Cruz.

Mateo cerró los ojos.

Los volvió a abrir después de un rato largo. Miró la mesa. Miró la pared. Y entonces empezó a contar.

Les contó que Andrés había llegado al rancho, que era domador, que hablaba de ellas todos los días. Les contó que traía siempre la cartera al pecho, con la fotografía de las tres adentro, y que la mostraba como si fueran las tres únicas niñas que existían en el mundo.

Les contó que Andrés había advertido sobre el cableado.

Les contó que su papá no lo había escuchado.

Les contó la noche del incendio.

Les contó que él había entrado por el potro, que se había caído, que se había desmayado. Les contó que Andrés lo había sacado en brazos.

Les contó que había vuelto a entrar.

Clara lloró en silencio todo el tiempo. Inés se quedó con la boca apretada, sin decir nada. Valeria escuchó, seria, con los ojos fijos en Mateo, sin derramar una sola lágrima.

Cuando Mateo terminó de contar, hubo un silencio largo en la cocina.

Después Valeria habló.

Su voz salió baja, casi plana, de esas voces que se usan cuando lo que importa ya no es el tono, sino el contenido.

—¿Murió salvándote?

Mateo asintió.

—Sí.

Y Valeria siguió.

—Si fue un accidente, ¿por qué nuestra madre nunca lo supo?

Mateo apartó los ojos.

Miró hacia la ventana. Hacia la casa del hombre que había sido dueño del rancho. Hacia la casa de su papá.

—Porque lo que pasó después fue cobarde —dijo.

Y esa frase fue como una piedra que cae en agua quieta.

Las tres hermanas entendieron, al mismo tiempo, sin que nadie les explicara más, algo que habían estado a punto de entender toda su vida sin lograrlo.

El incendio había sido una tragedia.

El silencio posterior había sido una decisión.

Lo que Mateo nunca se animó a contarle a nadie hasta ese día

Mateo les explicó cómo había funcionado.

Les dijo que su padre, Esteban Serrano, había llamado a quien tenía que llamar esa misma madrugada. Que se había asegurado de que el cuerpo no pasara por el sistema como debía. Que había arreglado el registro para que la muerte figurara como un accidente laboral sin mayores consecuencias y sin nombre del empleador en la prensa.

Les dijo que le había pagado a un abogado para revisar que no quedaran cabos sueltos.

Les dijo que se había encargado de que nadie supiera a quién buscar.

—¿Y por qué no buscaron a mi mamá? —preguntó Clara.

Mateo se pasó la mano por la cara.

—Porque si la buscaban, la familia iba a preguntar. Y si la familia preguntaba, salían las advertencias. Y si salían las advertencias, mi papá quedaba como un asesino.

Valeria apretó la mandíbula.

—¿Y no lo era?

Mateo no respondió.

Porque en el fondo, después de veinte años, él también se había hecho esa pregunta todas las noches de su vida.

Les dijo que él lo había sabido todo desde que tenía veintiún años. Que su papá se lo había contado una noche, borracho, cuando ya no podía con la culpa. Que le había dicho: Hijo, hay cosas que se hacen para proteger a la familia, y uno carga con esas cosas hasta el cajón.

Mateo había cargado con eso hasta el cajón de su padre, y después siguió cargando solo.

Les dijo que había intentado buscar a Elena Cruz muchas veces. Que había escrito cartas que nunca mandó. Que había llamado a números viejos y que nadie contestó nunca. Que no supo si la familia de Andrés vivía en la ciudad o en otro estado, porque su papá nunca le había dado la dirección.

Que él, mientras su padre vivió, no pudo hablar.

Que después, cuando su padre murió, no se atrevió.

—¿Y por qué ahora sí? —preguntó Inés, la menor, la que había escrito cuarenta y siete cartas.

Mateo la miró.

—Porque ustedes vinieron.

Y ahí, en esa frase, se cerró algo. No todo. Pero algo.

Las cuarenta y siete cartas

Valeria sacó la caja de zapatos de la mochila y la puso sobre la mesa. La abrió. Sacó la primera carta, la más vieja, escrita con letra de niña de ocho años, con los renglones torcidos y las palabras sin acentos.

Se la pasó a Mateo.

Mateo la leyó en silencio. Después leyó otra. Después otra. Leyó las cuarenta y siete, una por una, con las tres hermanas sentadas alrededor de la mesa, y con el sol de la tarde entrando por la ventana de la cocina.

Cuando terminó la última, tenía los ojos rojos.

—Nunca las vio —dijo.

—No —dijo Inés.

—Nunca supo que las escribiste.

—No.

Mateo cerró la caja.

—Yo les puedo decir dónde está. Está enterrado en el pueblo. A media hora de aquí.

Las tres hermanas se miraron.

A la mañana siguiente fueron al panteón.

Era un panteón viejo, con tumbas apretadas y cipreses altos. La lápida de Andrés Cruz era sencilla: blancuzca, un poco manchada por la lluvia, con su nombre y las dos fechas. Junto a la lápida crecía un poco de hierba.

Las tres se pararon ahí mucho rato sin decir nada.

Después Valeria se agachó, sacó de su mochila la fotografía, la misma que su mamá tenía guardada en el cajón, esa donde Andrés salía con las tres niñas en brazos. La dejó recargada contra la lápida.

Clara prendió una vela.

Inés se sentó en el pasto y se quedó callada.

Y las tres, sin hablarlo, sin decirlo, sintieron por primera vez en veinte años que su papá tenía por fin un lugar. No un lugar en el mundo, porque eso lo tuvo siempre. Un lugar en su historia. Un lugar que ellas podían visitar y podían entender.

Volver a casa

Antes de irse del rancho, Mateo les dio algo.

Les dio una caja. Una caja de madera chica, con tapa corrediza, que había estado guardada veinte años en un armario del cuarto de los peones, la última habitación del ala sur, la que Andrés había usado.

Adentro estaba todo lo que dejó cuando entró al fuego.

Estaba su camisa de trabajo, doblada, con la manga rota. Estaba un rosario. Estaba un cuaderno pequeño con apuntes de caballos, con nombres de potros, con notas de alimentación, con algunas cuentas de dinero. Estaba un par de botas viejas.

Y estaba la cartera.

La cartera de cuero, curtida por el uso, con la orilla gastada, esa misma que Andrés llevaba al pecho la noche del incendio.

Adentro, en una bolsita de plástico transparente, estaba la fotografía.

Las tres niñas, chiquitas, con los vestidos de domingo, sentadas en un columpio. Andrés al lado, con la mano en el hombro de Valeria, sonriendo esa sonrisa que las tres habían olvidado y que en la foto seguía intacta.

Valeria tomó la foto con las dos manos.

Clara se le acercó. Inés se le acercó también.

Las tres la miraron mucho rato.

—Se la llevaba todos los días —les dijo Mateo, desde el corredor—. La tenía siempre ahí. Aunque estuviera lejos de ustedes, ustedes estaban junto a él.

Nadie dijo nada más.

Se despidieron de Mateo a media tarde. Él les dio su teléfono, su dirección, les dijo que cualquier cosa que necesitaran, que le llamaran, que él iba a estar. Les dijo que lamentaba no haber tenido el valor antes. Les dijo que Andrés había sido el mejor hombre que él había conocido en su vida.

Las tres hermanas subieron al taxi que las llevaría a la terminal.

Antes de irse, Valeria se dio la vuelta y le dijo a Mateo una sola cosa:

—Gracias por contárnoslo.

Mateo asintió.

—Gracias por venir.

Lo que Elena supo veinte años tarde

Las tres hermanas llegaron a casa al día siguiente, por la noche. La mamá las estaba esperando en la cocina, con la cena servida y la cara de una mujer que llevaba dos días sin saber qué estaban haciendo sus hijas.

Valeria puso la caja de madera sobre la mesa.

Abrió la cartera.

Sacó la fotografía.

La puso delante de su mamá.

Elena Cruz miró la foto. Después miró la caja. Después miró a sus hijas. Y entendió, antes de que le dijeran una palabra, antes de que Valeria abriera la boca, antes de que Clara empezara a llorar, antes de que Inés dijera mamá.

Entendió.

Se sentó.

Y durante la siguiente hora, las tres hermanas le contaron todo.

La advertencia. El cableado. El incendio. El potro. Mateo. La segunda entrada. El techo. El silencio.

La búsqueda de veinte años, que en realidad había durado toda la vida, porque la vida había sido esa: la búsqueda de un hombre que no las había abandonado.

Elena no lloró esa noche.

Lloró a la mañana siguiente, sola, en el patio, con la foto entre las manos, con el sol pegándole en la cara, y con esa frase que le dijo a su hija mayor cuando Valeria salió a acompañarla.

—Si yo hubiera sabido, hubiera ido.

—Ya fuimos por ti, mamá.

—Ya lo sé.

—Él nunca se fue, mamá. Nunca se fue.

Elena apretó la foto.

—Ya lo sé.

Lo que quedó

Mateo Serrano vendió el rancho Los Álamos dos años después.

No pudo seguir viviendo ahí. No con el establo norte reconstruido, con la misma estructura nueva, con el mismo pasillo donde él se había caído y donde Andrés había entrado por segunda vez. Se mudó a otra ciudad, con otro nombre, a hacer otra cosa. Pero antes de irse, mandó restaurar la lápida de Andrés.

Le puso una placa de bronce debajo del nombre.

La placa dice: Murió salvando a un muchacho. Murió volviendo a entrar.

Valeria, Clara e Inés van al panteón todos los años, en la fecha de su muerte. Le llevan flores, le llevan velas, le llevan cartas nuevas. Inés tiene ya más de cien, ahora escritas en letra de mujer adulta, con acentos y con tildes, con historias de su vida, con nombres de sobrinos que Andrés nunca conoció.

Las lee en voz alta, sentada en el pasto.

Y les cuenta, cada vez, lo mismo.

Que su papá no las abandonó.

Que su papá se quedó atrapado en un fuego que él mismo había advertido.

Que su papá volvió a entrar por unos caballos, y no salió, y que ese regreso no fue un error, ni una imprudencia, ni una locura. Fue la última cosa que decidió en su vida, y la decidió entera.

En el fondo de todo, esa es la historia.

No la del incendio.

No la del silencio.

La del hombre que advirtió, que no lo escucharon, que cuando el fuego llegó igual se metió dos veces: la primera por un muchacho, la segunda por unos animales que no sabían hablar.

Y la de tres hermanas que, veinte años después, se subieron a un autobús para hacerle la pregunta que nadie les había respondido nunca.

La respuesta, después de todo, no estaba en el rancho.

Estaba en una cartera de cuero que un domador se ponía todas las mañanas al pecho, junto al corazón, para no olvidar por quién estaba lejos.

Y en la foto que llevaba adentro, con las tres niñas en el columpio, esa que, después de veinte años, sigue mirando al mundo desde la lápida blanca de un panteón del valle.

Nadie se acordaba de Andrés Cruz en ese pueblo.

Ahora sí.

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