El vestido rojo que Rodrigo le prohibió comprar, pero el jefe de su esposo pagó sin saber la verdad

Muchos pasaron de largo, pero tú quisiste llegar hasta el fondo de esta historia. Continuemos.

El teléfono estaba boca abajo sobre la mesa del comedor, pero la voz de Rodrigo salió igual, clara y filosa, atravesando la puerta entreabierta del baño.

Larisa tenía al bebé varón en brazos, dormido al fin después de cuarenta minutos de llanto, y a la niña recostada en la cuna portátil del pasillo. Un gemelo en cada brazo de su vida, y ni uno solo libre para cubrirse la boca cuando escuchó su propio nombre.

—No, güey, es que ya no es la misma —decía su esposo del otro lado de la línea—. Desde los gemelos se dejó ir, ¿me entiendes? Está… descuidada. Y a mí me da pena llevarla a la cena de la empresa, la neta.

La voz de otro hombre sonó lejana, una risa cómplice.

—No seas gacho.

—Te lo juro. La foto del año pasado ni parece ella. Yo qué sé qué le pasó.

Larisa se quedó quieta, con el peso tibio de su hijo en el pecho y un zumbido en los oídos que no la dejaba pensar.

No lloró ahí mismo. No entró a reclamar. Se quedó parada en el pasillo, contando las respiraciones del bebé, esperando a que el otro hombre colgara, esperando a que Rodrigo saliera del baño silbando como si nada.

Porque así era Rodrigo últimamente: silbando por la casa, contento, mientras ella sobrevivía con dos recién nacidos y el cuerpo aún cosido por dentro.

Esa noche, cuando él se durmió con el celular todavía en la mano, Larisa se levantó a las tres de la mañana a calentar biberones y se quedó mirándose en el espejo del baño.

Se miró el vientre blando, las ojeras, el cabello recogido en un chongo que llevaba tres días sin lavarse.

Y por primera vez en meses no se vio a sí misma con lástima.

Se vio con rabia.

El vestido que iba a ser su respuesta

A la mañana siguiente, Larisa hizo algo que no había hecho en casi un año: pidió a su mamá que se quedara con los gemelos dos horas.

—¿Vas a salir? —preguntó su madre, sorprendida, con la niña ya en brazos.

—Voy a comprarme un vestido.

—¿Para?

—Para acordarme de quién soy.

Su madre no preguntó más. Solo le apretó la mano un segundo de más, como se aprieta la mano de alguien que está a punto de hacer algo importante.

Larisa se bañó, se secó el pelo con calma, se puso unos jeans que le quedaban justos y salió a la calle con una sola idea girándole en la cabeza: la cena de la empresa era el viernes, y Rodrigo acababa de decirle por teléfono que le daba vergüenza llevarla.

Pues iba a ir. Y no iba a ir a escondidas.

La boutique se llamaba Aurora, y Larisa la conocía de antes. Antes de los gemelos, antes de la mudanza, antes de que su vida entera se encogiera al tamaño de una cuna.

Antes, Larisa era arquitecta. No una arquitecta de escritorio: había firmado tres proyectos residenciales completos en la ciudad, había ganado una mención en un concurso regional, había estado a punto de abrir su propio despacho cuando Rodrigo le dijo que era "mucho gasto para tan poco".

Ahora, dieciocho meses después, nadie en el mundo de la construcción se acordaba de su nombre.

Pero la boutique seguía ahí, con su escaparate de luz cálida y sus maniquíes elegantes, y en la vitrina principal, como si alguien la hubiera puesto ahí a propósito, estaba el vestido.

Rojo. De lentejuelas. Largo hasta el tobillo, con un escote que no pedía permiso y una abertura lateral que era casi una declaración de guerra.

Larisa se detuvo frente al vidrio durante un minuto entero, con las manos sudando dentro del bolsillo del jean.

—Qué bonito, ¿verdad? —dijo una voz a su lado.

Era una señora mayor, con bolsas del súper en las manos, que también se había detenido a mirarlo.

—Sí —contestó Larisa—. Mucho.

—Yo me lo hubiera puesto a su edad. Ahora ya no me da el cuerpo.

—Yo tampoco creo que me dé —dijo Larisa, y lo dijo en voz baja, casi para sí misma.

La señora la miró de reojo, con esa forma en que las señoras mayores miran cuando saben algo que uno no sabe.

—El cuerpo es lo de menos, mija. La cara de muerta es lo que no le ayuda.

Y se fue, con sus bolsas y su verdad, dejando a Larisa parada frente al vestido rojo con la boca abierta.

Entró.

El aire acondicionado de la tienda le pegó en la cara como una bofetada elegante. Olía a perfume caro y a piso de madera recién encerado. Una empleada joven, con el pelo en un moño perfecto y una sonrisa de manual, se acercó de inmediato.

—Buenos días, bienvenida a Aurora. ¿Le interesa algo en especial?

—Ese vestido. El rojo de la vitrina.

—¡El Vivian! Perfecto gusto, señora. Es de la colección de esta temporada, llega muy poquito.

—¿Perdón? ¿Cómo se llama?

—Vivian. Es el nombre del modelo. Simone Vivian, la diseñadora, le pone su nombre a todas las piezas principales de la línea. ¿Se lo traigo en su talla?

Larisa sintió un pinchazo en la nuca, un cosquilleo raro, pero lo ignoró. Estaba acostumbrada a ignorar las cosas raras últimamente.

—Sí, tráigamelo. Creo que soy M.

Se lo probó en el probador más grande, el que tenía espejo en tres paredes y una luz que perdonaba todo.

Y no la necesitó perdonar. El vestido le quedaba perfecto. Le ajustaba exacto en la cintura, caía exacto en la cadera, y cuando Larisa levantó la vista hacia el espejo, con el rojo encendiéndole la piel morena y las lentejuelas atrapando la luz de la tienda, se le saltaron las lágrimas.

No por el vestido. Por la mujer del espejo.

—Ahí estás —se dijo a sí misma, en voz baja, tan baja que ni ella se escuchó bien.

Salió del probador con el vestido puesto, salió a la sala de espejos y se paró frente al espejo grande, con la empleada observándola de lejos con una sonrisa sincera que ya no era de manual.

—Se le ve espectacular —dijo la muchacha—. De verdad.

—Me lo llevo.

—¡Qué bien! ¿Cómo va a pagar, en efectivo o con tarjeta?

—Con tarjeta.

Larisa sacó la tarjeta del bolso. La tarjeta compartida. La que Rodrigo le había dejado "para los gastos de la casa", con esa palabra que le daba tanta rabia, gastos, como si criar dos bebés fuera un gasto y no un trabajo.

La empleada deslizó la tarjeta.

El pitido fue seco, doble, inconfundible.

—Perdón, señora, no pasa. ¿Tiene otra?

—Déjeme intentar de nuevo.

Otro pitido.

—¿Está segura de que está activa?

Larisa ya sabía la respuesta antes de que la empleada volviera a deslizarla. Lo sabía en el estómago, ese nudo caliente que se le formaba antes de las discusiones, ese que le decía ya supiste.

Sacó el teléfono. Marcó a Rodrigo, con los dedos temblando sobre la pantalla.

—Bueno —contestó él, con la voz de oficina, esa que usaba cuando había gente cerca—. ¿Qué pasó?

—La tarjeta está rechazada.

—Ah. Sí. La bloqueé ayer en la tarde.

—¿Por qué?

—Porque no quiero que andes gastando en tonterías, Larisa. Las cosas están apretadas y tú lo sabes.

—Rodrigo, estoy en una tienda.

—Entonces no estás comprando nada. Muy bien. Nos vemos en casa.

Y colgó.

Larisa se quedó con el teléfono pegado a la oreja, escuchando el tono de ocupado, con el vestido rojo puesto, con las lentejuelas brillando y las lágrimas otra vez demasiado cerca.

La empleada se aclaró la garganta, incómoda.

—¿Le dejo el vestido apartado, señora? Por si mañana puede regresar.

Y entonces, desde la entrada de la tienda, se escuchó una voz de hombre.

—No hace falta apartarlo. Yo me hago cargo.

El desconocido de la entrada

Larisa se giró con la boca todavía abierta, con el teléfono en la mano y una sola pregunta en la cara.

El hombre era alto, de traje gris, con el pelo entrecano peinado hacia atrás y una expresión que no era de lástima. Era de otra cosa. Era de algo parecido al reconocimiento.

—Perdón, no quiero meterme donde no me llaman —dijo, dando dos pasos hacia ella—, pero se me rompió el corazón escuchar esa llamada.

—Usted no tiene por qué…

—Lo sé. Pero igual me metí.

La empleada lo miró a él, y luego a Larisa, y algo en su actitud cambió: enderezó la espalda, se recogió el moño.

—Buenos días, licenciado.

Larisa parpadeó.

—¿Me conoce?

—No directamente, no. Pero la reconocí en cuanto la vi de frente —contestó el hombre, y se metió la mano al saco—. Soy Arturo Bermúdez. Trabajo en Constructora Cordillera. De hecho… soy el director.

Larisa sintió que el suelo de madera de la boutique se movía un centímetro bajo sus pies.

Constructora Cordillera era la empresa de Rodrigo. Rodrigo llevaba cinco años ahí, y en los últimos dos venía hablando de "los jefes" como si fueran una especie de dioses a los que había que rendirles culto.

—Usted es el jefe de mi esposo.

—Soy el jefe de tu esposo —corrigió él, y sonrió con una sonrisa que no estaba del todo triste—. Y hace rato que quería conocerla en persona. ¿Sabes que Rodrigo tiene una foto tuya en su escritorio?

Larisa se puso roja por dentro del rojo.

—¿Mi foto?

—Uno de tus proyectos, mejor dicho. Un plano residencial, el de la villa en Los Robles. Lo tiene enmarcado, ahí, junto al monitor. Y le pregunté una vez de quién era ese trabajo, porque está impecable. Y me dijo: "De mi esposa".

Larisa no supo qué decir. Tenía la mano todavía cerrada sobre el teléfono, con el sonido de Rodrigo colgándole en el oído, y que este hombre —este desconocido de traje gris— le hablara de su propio proyecto como si fuera algo digno de estar en una oficina, le partió algo por dentro.

—No sé qué decir.

—No digas nada. Solo déjame pagar el vestido. Es más, no te lo estoy regalando, ¿eh? Te lo estoy… patrocinando.

—No puedo aceptar eso.

—Sí puedes. Y de hecho, te conviene.

Arturo sacó su tarjeta y se la entregó a la empleada con dos dedos, sin dejar de mirar a Larisa.

—Porque el viernes es la cena anual de la empresa. Y todos los años voy con la esperanza de que los arquitectos se lleven a sus esposas, porque la verdad, sin mujeres ahí la cosa es aburridísima. Rodrigo siempre va solo. Dice que tú no puedes, que los gemelos, que no sé qué tanto.

Larisa lo miró fijo.

—Rodrigo me dijo ayer que no sé qué tanto. Que le da pena llevarme.

Arturo se quedó callado tres segundos. La empleada también, con la tarjeta en la mano, la mirada fija en el suelo.

—¿Te dijo eso? —preguntó Arturo al fin, y la voz se le había puesto baja, parecida a la de un jefe que todavía es una persona.

—Me dijo que desde los gemelos me dejé ir. Que la foto del año pasado ni parece yo.

—Pues me cae mal que hable así de ti, y te voy a decir por qué —dijo Arturo, y se recargó en la mesa junto a los espejos—. Porque la villa en Los Robles que tiene enmarcada le dio un bono con el que se compró su primer coche. Y no sé si lo sabe, pero el año pasado alguien propuso su nombre para subir de puesto, y yo dije que no.

—¿Por qué?

—Porque no me gustaba su actitud con la gente. No por su trabajo. Por su actitud.

Larisa se pasó la mano por el vestido, por las lentejuelas que le raspaban las palmas.

—Y ahora me va a decir que mi marido le ha mentido en otras cosas.

—Yo no sé nada de lo que hace Rodrigo fuera de la oficina, y no lo voy a averiguar aquí. Pero sí te puedo decir algo que me consta.

—¿Qué?

—En las cinco cenas anuales de la empresa, Rodrigo ha dicho que tú no podías ir. Cinco. Y yo siempre creí que era porque estabas ocupada. Porque tienes gemelos. Porque estabas cansada.

—¿Y no lo es?

—Hoy ya no sé qué creer.

Arturo se giró hacia la empleada.

—Cóbrele el vestido a mi tarjeta, por favor. Y mientras, me va a envolver el regalo que le encargué ayer.

Larisa levantó las manos.

—Espérese. No voy a aceptar esto sin…

—No estoy haciendo nada raro, señora —la cortó Arturo con una sonrisa cansada—. Estoy comprándole un vestido a la esposa de un empleado, con dinero de mi bolsillo, porque se va a ver preciosa en la cena del viernes. Y porque así el empleado va a tener que llevarla, o va a quedar muy mal.

Larisa lo miró un segundo largo. Y se rio. Una risa corta y ronca, la primera que se le escuchaba en semanas.

—Está jugando sucio.

—Estoy jugando justo. Que es distinto.

Un regalo con nombre de mujer

La empleada se alejó hacia el mostrador con las dos tarjetas, y Arturo se giró otra vez hacia la vitrina, buscando algo con los ojos.

—¿A usted le gustan los perfumes? —le preguntó a Larisa.

—No entiendo mucho, la verdad.

—Es para mi esposa. Cumple años el domingo y le encargué un frasco aquí, con un nombre grabado. Pero como ya voy tarde, mejor pregunto si lo tengo aquí o ya se lo dieron.

Se acercó al mostrador con Larisa a un paso de distancia, todavía con el vestido puesto, todavía con la sensación de estar viviendo un sueño raro.

—Oiga, señorita, ¿me confirma si está aquí el pedido de Bermúdez? El que encargué el martes.

La empleada levantó la vista del lector de tarjetas con una expresión que a Larisa no le gustó nada.

—Ah, señor, justo. Lo iba a llamar. Ese pedido ya lo recogieron.

—¿Cómo va a ser? Si yo mismo lo encargué.

—Lo recogieron ayer en la tarde.

—¿Quién? Yo no mandé a nadie.

La empleada se volteó hacia la computadora, tecleó algo, y leyó con la voz neutra de alguien que solo está cumpliendo con su trabajo y no tiene idea de lo que acaba de encender.

—Aquí dice que vino a recogerlo la señora Simone Vivian Vetor. Firmó ayer, a las seis y veinte de la tarde. Y según la nota del sistema, era la persona autorizada del señor Rodrigo Salvatierra.

Larisa se quedó congelada con las lentejuelas rozándole la cintura.

Rodrigo Salvatierra.

Simone Vivian Vetor.

Simone Vivian, la diseñadora del vestido. El nombre en la etiqueta.

Arturo se giró hacia Larisa muy despacio, y en la cara se le vio primero la confusión, después el cálculo, y por último, lo último, la rabia quieta de un hombre que se acaba de dar cuenta de algo enorme.

—¿Simone Vivian Vetor? —repitió Arturo—. No. No, no, no. Ese no puede ser.

—Así dice el sistema, licenciado.

—Ese regalo está a nombre de mi esposa. Mariana Vetor. No hay ninguna Simone.

La empleada palideció.

—Señor, el pedido venía con autorización de un señor Rodrigo Salvatierra, que dijo que podía recogerlo una señora de la familia…

Arturo se pasó la mano por la cara. Larisa, en cambio, se había quedado muy quieta, y en la cabeza le estaba pasando algo que era la peor de las confirmaciones.

—¿Simone Vivian Vetor? —dijo, casi para sí misma, con la voz plana.

Arturo se volteó.

—¿La conoces?

—No la conozco. Pero ese nombre está en la agenda de mi esposo.

—¿En qué?

—En una libreta de cuero que Rodrigo deja en el buró. Lo he visto anotando ahí. Y hay un nombre que se repite como tres veces al mes, siempre en la misma página, siempre en días de "reunión de negocios".

—¿Y ese nombre es…?

Larisa lo miró de frente. Y en la cara de Arturo se vio, por fin, todo el edificio que se le venía encima.

—Simone Vivian Vetor.

El silencio duró lo que dura un pitido de tarjeta rechazada, y un poquito más.

Y en ese silencio, a Larisa se le acomodaron todas las piezas de golpe: el bloqueo de la tarjeta, los "gastos de la casa", las cenas anuales a las que nunca podía ir, las llamadas a las once de la noche, la foto del año pasado "que ya no parece ella".

Rodrigo no le tenía vergüenza.

Rodrigo la estaba escondiendo.

La verdad que nunca se dijo en voz alta

—Señorita —dijo Arturo, con una calma que asustaba—, ¿usted sabe si la señora que vino ayer es la misma que diseñó la línea Vivian?

—Sí, licenciado. La señora Vetor viene seguido a la tienda. Es la dueña de la marca —contestó la empleada, ya sin sonrisa y con las manos nerviosas.

—La dueña de la marca.

—Sí.

—La diseñadora.

—Sí.

Arturo miró el vestido rojo de Larisa. Luego miró la caja del regalo. Luego volvió a mirarla a ella.

—Yo llevo dos meses encargando ese perfume aquí. Dos meses. Y mi esposa no sabe nada. Y ahora resulta que la mujer que diseñó tu vestido y la mujer que tiene mi regalo son la misma mujer.

—Y el hombre que me bloqueó la tarjeta —dijo Larisa, muy despacio— tiene su nombre en una agenda, tres veces al mes, en días de reunión de negocios.

—Larisa.

—Sí.

—¿Tú tienes esa agenda?

—La tengo en casa.

—¿Y puedo…? —Arturo se detuvo, se pasó la mano por el pelo, tomó aire—. Perdón. No sé qué estoy preguntando.

—Está preguntando si yo lo sé.

—Sí.

—No lo sé. Hasta hace diez minutos, yo solo sabía que mi marido me dijo anoche que le daba vergüenza llevarme a una cena.

Arturo cerró los ojos un segundo.

—Y yo solo sabía que este viernes iba a llevar a mi esposa a la cena de la empresa —dijo, abriendo los ojos—, porque este año había decidido que sí, que se viniera, que ya bastantes años se había quedado en casa.

Larisa se soltó una risita amarga.

—Qué cosas.

—Qué cosas.

Se quedaron parados en medio de la boutique, ella con el vestido rojo y él con la caja del regalo que ya no era suyo, los dos con la misma sensación de estar parados sobre un piso que se acababa de abrir.

—¿Y ahora? —preguntó Larisa.

—Ahora —dijo Arturo, y le extendió el brazo como si la conociera de toda la vida—, usted se lleva el vestido, se lo pone el viernes, y va a esa cena. Y yo voy a ir con mi esposa, igual que lo tenía pensado. Y voy a hacer lo que un hombre decente debería haber hecho hace tiempo.

—¿Y qué es eso?

—Preguntar. Preguntar de frente. Y si me mienten, señora, me voy a enterar.

La empleada terminó de envolver el vestido en papel de seda mientras ellos hablaban, sin atreverse a interrumpir. Cuando le entregó la bolsa con el vestido, la mano le temblaba un poco.

—Fue un placer, señora. Y… ojalá el viernes sea un buen día.

Larisa tomó la bolsa.

—Voy a hacer que lo sea.

Arturo pagó el vestido y le dio las gracias a la empleada. Antes de salir, se giró una última vez.

—Larisa.

—¿Sí?

—¿Todavía sabes dibujar?

Larisa se quedó con la bolsa en la mano, en la puerta de la boutique, con la luz de la calle pegándole en la cara.

—No he dejado de saber. Solo dejé de hacerlo.

—Pues el lunes, si quieres, te espero en mi oficina. Traes ese proyecto de Los Robles, el que tiene Rodrigo enmarcado, y hablamos. No te estoy prometiendo nada.

—Lo sé.

—Pero te estoy preguntando.

—Y yo le estoy diciendo que sí.

Se despidieron con un apretón de manos, como dos adultos que acaban de acordar algo importante sin tener que decirlo dos veces.

Larisa caminó a su casa con la bolsa del vestido rojo en brazos y una sensación rara en el pecho: no era alegría, ni era rabia, era una mezcla de las dos, filosa y por fin despierta.

Cuando llegó, su mamá estaba meciendo a la niña en la sala y el bebé dormía en el portátil.

—¿Cómo te fue? —preguntó su madre, en voz baja.

—Me fue… raro.

—¿Raro cómo?

—Raro como cuando se te cae algo y en el piso encuentras otra cosa.

Su madre la miró un segundo.

—Mija, ¿qué pasó?

Larisa dejó la bolsa sobre la mesa, se sentó en el sofá junto a su madre, y le contó todo. La tarjeta bloqueada. La llamada. La boutique. El jefe de Rodrigo. El nombre en la caja del regalo. La agenda en el buró.

Su madre escuchó sin interrumpir ni una sola vez, con la niña en brazos, y cuando Larisa terminó, solo dijo:

—Y el viernes, ¿qué vas a hacer?

—Voy a ir.

—¿Y Rodrigo?

—Rodrigo va a tener que explicarle a su jefe por qué la mujer que le bloqueó la tarjeta y la que no puede llevar a la cena y la que le da vergüenza son la misma, y la que va a ir el viernes también.

Su madre se rio, con esa risa cansada de las mamás que ya lo han visto todo.

—Te vas a ver preciosa.

—Sí.

—¿Y el vestido?

Larisa volvió a mirar la bolsa.

—El vestido no lo pago yo. Y no lo paga Rodrigo. Lo paga otra persona que vio algo que Rodrigo no ha visto en meses.

—¿Y qué es eso?

—A mí.

El viernes

El viernes por la noche, Larisa se paró frente al espejo de su cuarto con el vestido rojo puesto, y no se vio ojeras.

Se vio a sí misma.

Se había lavado el pelo, se lo había secado con cuidado, se lo había recogido en un chongo alto que le dejaba la nuca libre. Se había puesto labial rojo, el único que tenía, y un par de aretes viejos de cuando trabajaba.

Rodrigo estaba en la sala, con el traje puesto y el celular en la mano, y se le quedó viendo cuando ella salió del cuarto.

—¿Y esto?

—La cena de la empresa. Me voy contigo.

—Larisa, ya te dije que…

—Ya me dijiste muchas cosas, Rodrigo. Ahora escúchame tú una.

Él se rio, incómodo, con los ojos yendo de la cara de ella al vestido.

—No me hagas esto.

—¿Hacerte qué? ¿Ir a una cena a la que tu jefe me invitó personalmente?

Rodrigo se quedó blanco.

—¿Qué?

—Arturo Bermúdez. Tu director. Me invitó el miércoles en la tienda Aurora, cuando tu tarjeta me rebotó y él se ofreció a pagar el vestido.

—Larisa, esto no es…

—Ah, y otra cosa, Rodrigo. Él también me contó algo.

—¿Qué te contó?

Larisa lo miró de frente, con el vestido rojo, con el labial rojo, con el chongo alto, con todo el cuerpo que él había dicho que le daba vergüenza.

—Que en cinco años nunca le dijiste que yo era arquitecta. Y que a él le consta que en cinco cenas tú nunca me llevaste.

Rodrigo abrió la boca. Y la cerró.

—Y ahora —siguió Larisa, tomando las llaves del auto del gancho de la cocina—, nos vamos a esa cena. Y en el camino, me vas a explicar por qué el nombre de Simone Vivian Vetor aparece tres veces al mes en tu agenda.

El silencio que vino después llenó toda la casa. Hasta el llanto de la niña, que salía a cuentagotas del cuarto de al lado, pareció detenerse.

Rodrigo no preguntó cómo lo sabía.

No preguntó quién se lo dijo.

Preguntó otra cosa, con la voz quebrada de alguien que se acaba de dar cuenta de que la puerta se cerró por dentro.

—¿Arturo va a estar ahí?

Larisa se giró, con la mano en el picaporte.

—Arturo va a estar ahí. Con su esposa. Que se llama Mariana Vetor.

Rodrigo se dejó caer en el sillón como si le hubieran quitado el piso.

Y Larisa, con la cartera en el hombro, con el vestido rojo, con el labial rojo, no esperó a que se parara.

—Nos vemos en la cena, Rodrigo. Llega cuando puedas.

Salió al pasillo, cerró la puerta y se quedó un segundo con la espalda apoyada en la pared, escuchando su propia respiración.

Del otro lado de la puerta, su marido se estaba derrumbando en silencio.

De este lado, con el vestido rojo y la bolsa de un regalo que no le pertenecía, Larisa se sentía como la mujer del proyecto que Rodrigo tenía enmarcado en su oficina: a medio construir, pero con un plano impecable.

Y como cualquier arquitecta sabe, los cimientos se pueden revisar.

Lo que ya no se puede es fingir que no hay grietas.

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