Ya viste cómo empezó esto y no podías quedarte con la duda: hiciste bien en venir por el final.
La vida cobra las cuentas en el momento más inesperado, y a veces lo hace en una pista de aterrizaje.
Don Alfonso tenía ochenta y tres años cuando descubrió que la traición no llega con gritos, sino con una sonrisa y un beso en la frente.
Todo comenzó mucho antes de aquella mañana en el aeropuerto privado de Guayaquil, cuando su hijo mayor, Ricardo, todavía lo llamaba "papito" y le prometía que jamás lo dejaría solo.
Don Alfonso había construido su fortuna desde abajo, ladrillo por ladrillo, empezando con una ferretería pequeña en el centro de la ciudad que con los años se convirtió en una cadena de ferreterías y luego en un imperio de materiales de construcción.
Su esposa, doña Mercedes, murió cuando Ricardo tenía apenas veinte años, y desde entonces el hombre puso todos sus sueños en ese muchacho.
"Ese niño va a ser mi orgullo", le decía a sus amigos del club de dominó, y ellos asentían mientras movían las fichas.
Ricardo estudió administración de empresas en Miami, se casó con una mujer llamada Valentina que nunca le sonrió a don Alfonso de verdad, y regresó a Ecuador diciendo que quería ayudar en el negocio familiar.
Los primeros años fueron tranquilos, o al menos eso parecía.
Ricardo llegaba temprano a la oficina central, revisaba los números con los contadores, acompañaba a su padre a las reuniones con proveedores y le servía el café con la misma dulzura que le había visto a su madre.
Don Alfonso, que ya arrastraba un dolor en la rodilla izquierda y se cansaba subiendo las escaleras de la bodega, empezó a delegar.
Primero fueron las firmas menores, luego los cheques de proveedores, después las claves de las cuentas bancarias.
"Para qué te complicas, papá, yo manejo esto y tú descansas", le decía Ricardo, y el anciano sentía una gratitud enorme, como si el niño que había criado a punta de madrugadas y sacrificios le estuviera devolviendo todo.
La trampa se cerró despacio
Valentina fue la que puso los primeros alfileres.
Fue ella la que sugirió que don Alfonso se mudara a una casa más pequeña, "porque las escaleras de la casa grande ya son peligrosas para usted".
Fue ella la que insistió en contratar a una enfermera de tiempo completo, y fue ella la que empezó a controlar las visitas de los otros hijos de don Alfonso.
Porque sí, don Alfonso tenía dos hijos más: Lucía y Andrés, ambos casados y viviendo fuera del país, ambos a quienes Ricardo había convencido, con el paso de los años, de que "papá está muy delicado y no conviene que lo alteren con visitas largas".
Lucía sospechó desde el principio.
"Papito, algo no me huele bien con mi hermano", le dijo por teléfono una noche desde Buenos Aires, y don Alfonso, terco como solo un padre puede serlo, le respondió que no dijera tonterías.
"Nunca", le dijo con firmeza, "nunca he tenido un problema con Ricardo; ese muchacho es el que más me ha ayudado".
Lucía colgó con el corazón apretado y le contó a su esposo que ya no sabía qué hacer, y su esposo le dijo que respetara la voluntad del viejo, que no había nada que se pudiera hacer a la distancia.
Mientras tanto, en Guayaquil, Ricardo traspasaba las propiedades a nombre de una sociedad que Valentina había creado en Panamá.
Los terrenos de la ferretería original, los locales rentados, las cuentas a plazo fijo, todo iba mudándose con firma y sello a otros nombres, con la ingenua complicidad de un padre que firmaba lo que le pusieran delante porque "mi hijo sabe lo que hace".
Don Alfonso no entendía de sociedades ni de paraísos fiscales.
Entendía de fierros, de tornillos, de maderas, de nombres de clientes que le debían desde hacía veinte años.
El mundo de notarías y bancos era un idioma extranjero en el que solo Ricardo sabía moverse.
El viaje que aparentemente era un regalo
Siete meses antes del abandono, Ricardo llegó una tarde con una propuesta brillante.
"Papá, quiero llevarte a conocer Suiza; hay un tratamiento experimental para tu rodilla, y aprovechamos para descansar juntos".
Don Alfonso se emocionó como un niño.
La idea de viajar con su hijo, de pasar dos semanas sin testigos ni obligaciones, de conocer montañas nevadas a su edad, lo llenó de una alegría que hacía años no sentía.
"¿Y Valentina?", preguntó.
"Valentina se queda aquí vigilando todo; no te preocupes por nada".
El anciano le contó la noticia a todo el que quiso escucharlo: al portero del edificio, a la señora del almuerzo que le preparaba los miércoles, a sus compañeros de dominó del club.
"Mi hijo me va a llevar a Suiza", decía con los ojos brillantes, y todos le sonreían, porque el cariño de un viejo por un hijo es una de las cosas más tiernas que existen en el mundo.
Al regresar del viaje, aún más enamorado de la figura de su hijo, don Alfonso firmó lo que Ricardo le pusiera.
"Es el testamento, papá, para que todo quede en orden por si pasa algo; vas a estar aquí conmigo hasta que cumplas cien, pero uno nunca sabe".
El anciano firmó sin leer con detalle, confiando en la letra pequeña que su hijo le señalaba con el dedo.
No supo hasta mucho después que en ese mismo documento había renunciado también a la herencia de doña Mercedes y que había transferido definitivamente la sociedad holding hacia un fideicomiso cuya única administradora era Valentina.
La mañana del aeropuerto
El día del abandono, don Alfonso empezó a sospechar algo desde la madrugada.
Había algo raro en el aire de la casa, en la manera en que Ricardo lo despertó a las cinco y media, en cómo Valentina ya estaba vestida con un conjunto de viaje rosa pastel y una carpeta bajo el brazo.
"¿No vamos a viajar tú y yo solos?", preguntó el anciano, y su hijo se rio y le dijo que Valentina los acompañaría esta vez porque tenía que hacer unos trámites.
El viaje no era a Suiza.
Ricardo simplemente había dicho que los llevaba a una reunión con inversionistas en Medellín y que después de eso vendría "una gran sorpresa para papá".
La camioneta negra de la familia los llevó hasta el aeropuerto privado de la ciudad, en la zona de hangares donde se maneja un jet que, según Ricardo, era "de un amigo de negocios".
Don Alfonso iba con su maleta pequeña y un abrigo de paño gris que su esposa le había comprado años atrás.
Al llegar al hangar, el anciano notó que su silla de ruedas no los esperaba, como de costumbre; y que el piloto del jet se veía tenso.
"Ricardo, hijo, ¿dónde está mi silla?"
"Ya no vas a necesitar eso, papá", le dijo su hijo con una sonrisa que el anciano no supo descifrar en ese momento, y lo tomó del brazo para ayudarlo a subir al avión.
Ya dentro del jet, Ricardo y Valentina se sentaron en los asientos de adelante y hablaron en voz baja entre ellos.
Don Alfonso pidió un vaso de agua y la azafata le dijo, incómoda, que solo había refrescos.
Fue el primer semáforo rojo.
Desde la ventanilla, el anciano alcanzó a ver que dos guardias de seguridad conversaban con el piloto fuera de la aeronave, y luego, en una coreografía que parecía ensayada, Ricardo se levantó, se acercó a su padre, le dio un beso en la frente y le dijo las palabras que lo iban a perseguir por el resto de su vida.
"Tú te quedas, papá; ya nos diste lo que necesitábamos".
Al principio don Alfonso no entendió.
Pensó que era una broma, una de esas que su hijo hacía a veces en el club de dominó para burlarse de algún amigo.
"¿Cómo va a ser broma?", preguntó, y su voz tembló por primera vez.
Pero el avión ya estaba rodando hacia la pista, y Valentina se asomaba desde la escalerilla con una sonrisa apretada que el anciano recordaría después como la peor cara que le hubiera mostrado un ser humano.
El anciano gritó el nombre de su hijo, se levantó de su asiento con una fuerza que no sabía que tenía, corrió hacia la puerta del jet, pero un guardia lo detuvo.
"Señor, no puede bajar, estamos en movimiento".
"No me importa", respondió con los ojos llenos de lágrimas, "es mi hijo, ese es mi hijo".
El jet privado despegó en cuestión de segundos, y el rugido de los motores ahogó el llanto del viejo.
El guardia lo acompañó a la terminal privada, donde le mostraron un sobre que Ricardo había dejado para él.
Dentro del sobre había una tarjeta de crédito con un límite de quinientos dólares, un papel con el número de un abogado, y una carta de una sola línea: "Gracias por todo, padre; no intente buscar, no me encontrará".
La traición se llamaba Valentina
Los testigos de la terminal no podían creer lo que estaban viendo.
Una señora que trabajaba en la cafetería del hangar le ofreció un café al anciano y le preguntó, con la voz quebrada, si podía llamar a alguien.
"Mi hija está en Buenos Aires", dijo don Alfonso, y la mujer le prestó su teléfono.
Lucía atendió al quinto timbre, con la voz adormilada del otro lado del continente, y cuando escuchó a su padre llorar al otro lado de la línea colgó de un golpe y le dijo a su esposo una sola frase: "Se lo dije, se lo dije".
El esposo de Lucía se encargó de comprar los boletos y en menos de seis horas los dos estaban en Guayaquil.
Cuando entraron a la terminal privada y vieron al anciano sentado en una silla de plástico, encogido dentro de su abrigo de paño gris, con la maleta pequeña abierta a sus pies y el sobre de su hijo en las manos, los dos entendieron que la vida de don Alfonso se partía en un antes y un después.
"No llore, papito", le dijo Lucía, arrodillada frente a él, "estamos aquí, ¿me escucha? Estamos aquí".
Pero el anciano lloraba como no había llorado desde la muerte de su esposa.
Lloró por su hijo, lloró por la traición, lloró por el jet que se llevaba lo que quedaba de su familia.
Y lloró, sobre todo, por no haber hecho caso a su hija cuando, años atrás, le había advertido con ese tono de hermana que nunca se equivoca.
Las cuentas
Andrés, el tercer hijo, llegó al día siguiente desde México, y en cuanto vio a su padre le dijo algo que le cambió el rostro al anciano.
"Papito, ¿usted sabe cuánto dinero le queda?"
"¿Cómo?", preguntó don Alfonso.
"¿Sabe usted cuánto dinero le queda?", repitió su hijo con calma.
El abogado de la familia, un viejo conocido llamado Santiago, hizo los cálculos en menos de cuarenta y ocho horas.
Las propiedades estaban a nombre de sociedades en Panamá, los ahorros habían sido transferidos a cuentas en el extranjero, la ferretería central estaba hipotecada a favor de un banco de Islas Caimán.
El testamento "por si pasa algo" había sido reemplazado por otro documento, firmado también por don Alfonso sin leerlo, en el que Ricardo renunciaba a cualquier obligación de manutención pero se quedaba con el control absoluto del patrimonio.
Solo la casa pequeña donde don Alfonso vivía desde la mudanza seguía a nombre del anciano, y aun así tenía una hipoteca que Ricardo había tramitado sin aviso.
"Papá", le dijo Santiago con la voz más suave que pudo, "no le queda prácticamente nada; solo la casa, y con la hipoteca, ni eso".
Don Alfonso se quedó en silencio.
Fue un silencio largo, que ocupó toda la sala, que se metió en los rincones de la casa pequeña, que se posó sobre los muebles traídos de la casa grande, que acarició el retrato de doña Mercedes que aún colgaba en la pared del comedor.
Después dijo una sola frase, que Lucía recordaría siempre como el momento en que su padre volvió a nacer.
"Bueno, entonces todavía tengo mucho".
El secreto de don Alfonso
Sus hijos lo miraron sin entender.
"¿Mucho qué, papá?", preguntó Andrés.
Don Alfonso se secó las lágrimas con el dorso de la mano, y por primera vez desde el aeropuerto esbozó algo parecido a una sonrisa.
"Mucho que contarles".
Y ahí empezó la segunda parte de la historia, la que nadie, ni siquiera Ricardo, había visto venir.
Porque don Alfonso, que había sido engañado en los papeles, en las firmas y en las palabras, no había sido engañado en lo esencial.
Cuando murió doña Mercedes, él había viajado a Quito a arreglar unos asuntos con su cuñado, un hombre callado que tenía un puesto de mercado en Ipiales y que había fallecido pocos meses antes que ella.
Ese cuñado, de nombre Gerardo, le había entregado en mano al anciano una bolsa de tela con un cuaderno dentro.
"Esto es de tu mujer, Alfonso; ella me lo dejó antes de enfermarse; me hizo jurarle que solo te lo diera cuando ya no estuviera".
El anciano, roto por el dolor de la viudez, había guardado el cuaderno en un cajón y no lo había abierto jamás, porque no podía soportar la idea de leer la letra de su esposa muerta.
Habían pasado casi sesenta años, y el cuaderno seguía en una gaveta del pequeño escritorio de su cuarto, entre papeles de la ferretería y sacapuntas viejos.
"Sáquelo", le dijo el anciano a Lucía, "en el segundo cajón, debajo de los recibos de la luz".
Lucía corrió al cuarto, y cuando regresó con el cuaderno, el anciano lo abrió con las manos temblorosas, y frente a sus tres hijos leyó en voz alta la letra de su esposa.
Lo que doña Mercedes había escrito
El cuaderno no era un diario de secretos de amor.
Era un registro de negocios.
A lo largo de treinta años, doña Mercedes había comprado, con dinero que apartaba del hogar y de la venta de unos terrenos que había heredado de sus padres, unas acciones en una empresa pequeña del norte del país.
"¿Acciones?", preguntó Andrés.
"De una cementera", respondió don Alfonso.
"¿Y esas acciones existen todavía?"
El anciano no lo sabía, pero su yerno se encargó de averiguarlo en menos de una semana.
Al revisar en el registro mercantil, descubrieron que la pequeña cementera del norte se había fusionado con un gran consorcio nacional, y que las acciones de doña Mercedes, acrecentadas por divisiones internas y dividendos reinvertidos durante seis décadas, seguían a nombre de "Alfonso Ríos y Mercedes Salcedo de Ríos", tal como ella las había dejado.
Ninguna de esas acciones había sido transferida nunca.
Ninguna de ellas aparecía en los papeles que Ricardo había revisado.
Ninguna de ellas había entrado nunca al sistema de la ferretería.
Ricardo se había llevado todo lo visible, todo lo que estaba en las cuentas conocidas, todo lo que los abogados supervisaban, todo lo que el anciano firmaba sin leer; pero las acciones de doña Mercedes vivían en un universo paralelo, un pequeño tesoro olvidado que valía, según el cálculo del yerno, varias veces más que todo lo que Ricardo se había llevado.
El secreto se hace público
La noticia no tardó en llegar a los demás.
Santiago, el abogado de la familia, se encargó de hacer las verificaciones legales, y en un plazo de dos semanas, con los papeles en la mano, les confirmó que las acciones estaban efectivamente libres de toda trampa, a nombre de la sucesión de doña Mercedes, y que se podían movilizar a nombre de los tres hijos si don Alfonso daba su consentimiento.
El anciano, que nunca en la vida había litigado por nada, llamó a sus tres hijos y les dijo una frase que Lucía anotó en una libreta porque sabía que iba a querer recordarla.
"Yo no quiero pelear con nadie; yo solo quiero que mi hijo aprenda".
Y en esa frase, don Alfonso empezó a tramar el último acto de su vida.
El silencio del jet
Mientras tanto, del otro lado del mundo, Ricardo no sospechaba nada.
Había aterrizado en Europa con Valentina y con el jet alquilado, y había rentado un departamento en las afueras de Ginebra con el dinero de la ferretería.
Los abogados de la familia, contactados por Santiago, no podían hacer mucho, porque Ricardo se había movido dentro de la legalidad.
Había firmas, había documentos, había testigos.
Pero la ley, aunque lenta, no es tonta.
Cuando llegó al escritorio de Ricardo la notificación de que el caso "Alfonso Ríos y Mercedes Salcedo" seguía abierto, porque los abogados de Lucía y Andrés habían apelado la transferencia del fideicomiso alegando "vicio del consentimiento" y "falta de capacidad del otorgante en el momento de la firma", el jet dejó de parecer tan buena idea.
Ricardo llamó a Santiago en la madrugada, con la voz aguda de la desesperación.
"¿Qué es esto? ¿Qué está pasando?", preguntó, y Santiago, con la calma que le daba la justicia de su lado, le respondió con una sola frase.
"Lo que sembró, señor".
Ricardo intentó viajar a Ecuador al mes siguiente, pero para entonces el juez había dictado medidas cautelares sobre las propiedades transferidas en Panamá y sobre la cuenta de Islas Caimán, y el abogado del anciano había presentado la documentación de las acciones de doña Mercedes, que en ese momento representaban una fortuna superior a cualquier cuenta que Ricardo pudiera haber escondido.
La visita que nadie esperaba
Un martes por la mañana, don Alfonso estaba en el patio de su casa pequeña tomando un café con leche y viendo pasar a los colibríes del jardín, cuando escuchó el timbre.
Lo abrió, y frente a él estaba Ricardo, flaco, mal afeitado, con los ojos hundidos en unas ojeras que le cambiaban el rostro.
"Papito", dijo Ricardo, y se le quebró la voz.
El anciano no se movió.
Se quedó parado en el marco de la puerta, con la taza de café en la mano, y no lo abrazó, no lo insultó, no lo echó.
Solo lo miró, como se mira a un extraño que ha llegado a la casa equivocada.
"Vengo a pedirle perdón", dijo Ricardo.
Don Alfonso respiró hondo.
"Yo no le abrí la puerta para perdonarlo", respondió, y a Ricardo se le cayó el alma a los pies.
"Yo le abrí la puerta porque en esta casa todavía hay un padre".
Ricardo intentó abrazarlo, y el anciano levantó la mano con una firmeza que ninguno de los dos sabía que tenía.
"No, hijo", le dijo, "ese abrazo me lo negó en el aeropuerto; no me lo voy a dar ahora porque su negocio se le cayó".
Ricardo rompió a llorar, pero el llanto de un hombre de negocios derrotado tiene un sonido distinto al llanto de un hijo arrepentido, y don Alfonso, con toda la sabiduría de sus ochenta y tres años, lo notó.
"Usted no vino por mí", dijo el anciano, "usted vino porque la justicia le movió las cuentas; si usted hubiera querido verme, habría venido antes de que su hermana moviera un solo papel".
Ricardo se quedó callado.
"Sí", dijo al fin, "es que… es que perdí todo, papá".
Don Alfonso dejó la taza de café en la mesita del patio y se sentó despacio en su mecedora.
"Usted no perdió nada que le perteneciera", dijo el anciano, y se quedó mirando el jardín, "usted perdió lo que me había robado".
La última prueba
Ricardo se quedó viviendo en Guayaquil durante dos meses, en un hotel económico, y cada mañana iba a la casa de su padre.
Don Alfonso lo recibía siempre de pie, sin abrazarlo, sin permitirle pasar de la puerta de la sala.
"¿Qué trae hoy?", le preguntaba, y Ricardo tenía que responder algo distinto cada día.
El primer día le dijo que quería devolverle la casa.
El segundo día le dijo que había hablado con Valentina para que devolviera lo que quedaba en Suiza.
El tercer día le contó que había despedido a los abogados que le habían armado el entramado legal.
Don Alfonso escuchaba sin interrumpir, y luego le decía la misma frase: "Mañana vuelve".
Ricardo, que se sentía humillado, tuvo un día un arranque de rabia en la puerta de la casa.
"¿Qué quiere de mí, papá? ¿Qué quiere? ¡Qué más puedo hacer!", gritó, y el anciano lo miró con una calma que desarmaba.
"Quiero que vuelva mañana", dijo don Alfonso, "y al otro día, y al otro; quiero ver cuánto aguanta".
Ricardo no entendía.
"¿Aguantar qué?"
"Aguantar la vergüenza de ser hijo sin serlo", respondió el anciano, y cerró la puerta.
Esa noche, Lucía le preguntó a su padre por qué lo trataba así, y don Alfonso respondió con una frase que le dio la vuelta a la conversación.
"Porque no lo estoy tratando mal, hija, lo estoy tratando como él me trató a mí; y si aguanta dos meses de esto, entonces yo sabré que hay algo que rescatar".
El regreso verdadero
Al tercer mes, Ricardo hizo algo que no había hecho nunca: llegó sin abogados, sin propuestas, sin papeles.
Llegó con una bolsa de pan de la panadería de la esquina y un cuaderno de tapas negras.
"¿Y esto?", preguntó el anciano.
"Son las cuentas que yo mismo le robé; las estoy anotando todas, una por una, para devolverlas; no tengo cómo devolverlas todas de golpe, papá, pero empecé por lo que estaba a mi nombre".
Don Alfonso abrió el cuaderno con el mismo cuidado con que había abierto, meses antes, el de doña Mercedes.
Y en la primera página, escrito con la letra torcida de su hijo, leyó una sola frase: "Perdón, papá, por querer ser más que usted".
El anciano cerró el cuaderno despacio, y por primera vez en tres meses lo invitó a pasar.
Le sirvió café en la taza buena, la que estaba guardada en el aparador de la sala.
"Siéntese", le dijo, y Ricardo se sentó en el sillón donde se sentaba su madre.
"Usted no vino a hablar de negocios, ¿verdad?", preguntó el anciano, y Ricardo negó con la cabeza.
"Vine a preguntarle algo que nunca le pregunté", dijo, con la voz temblorosa, "¿cómo le hizo usted para perdonar a mi mamá cuando ella se enojaba con usted?"
Don Alfonso se quedó callado un momento.
"Yo no perdonaba a su mamá, hijo", respondió con una sonrisa triste, "yo la quería; y en el querer, el perdón no se pide, se da".
Ricardo lloró, esta vez sí como un hijo, y don Alfonso, por fin, después de tantos meses, le puso una mano en el hombro.
No fue un abrazo, pero fue el inicio de uno.
Lo que pasó después
Los abogados tardaron un año en resolver todo.
Las acciones de doña Mercedes se dividieron en tres partes: una para Lucía, una para Andrés, y una para Ricardo, pero la parte de Ricardo quedó en un fondo que administraría él mismo solo si cumplía con ciertos compromisos, entre ellos pagar la hipoteca de la casa de su padre y devolver, en cuotas, lo que se había llevado.
Ricardo aceptó todo sin discutir.
Reabrió la ferretería original, no como dueño sino como empleado, y trabajó al lado de su padre, que a sus ochenta y cuatro años seguía yendo a abrir la tienda cada mañana a las siete.
Valentina se marchó a Miami sola, sin jet privado, y envió los papeles del divorcio desde allá.
Lucía y Andrés volvieron a sus países, pero llamaban a su padre todos los días.
Y el anciano, que había estado a punto de perderlo todo, tenía ahora lo único que nunca quiso perder: sus tres hijos, sentados alrededor de la mesa, en el día de su cumpleaños.
El mensaje que dejó en el cuaderno
Cuando don Alfonso murió, dos años después, en su cama, con la mano de Lucía entre las suyas y el retrato de doña Mercedes en la pared del comedor, sus hijos encontraron una nota escrita a mano, pegada en la última página del cuaderno que había abierto aquella mañana en el jardín.
La nota decía, con la letra temblorosa de los ochenta y cinco años:
"A mis hijos: no les dejo una fortuna, les dejo la historia de cómo se pierde una; cuídenla como si fuera dinero, porque lo es. Su padre, Alfonso".
Y en una línea aparte, con letra más pequeña, agregó una frase que se volvió el lema secreto de la familia:
"El que abandona a su padre en una pista de aterrizaje no sabe que su padre tiene un cuaderno guardado".
Ricardo, al leerlo, se rio y lloró al mismo tiempo, y esa noche, por primera vez en años, durmió tranquilo.
La moraleja que el viejo repitió hasta el final
Cuando los amigos del club de dominó le preguntaban cómo había hecho para recuperar a su hijo, don Alfonso respondía siempre lo mismo, con esa sonrisa sabia de los ancianos que ya no tienen nada que perder.
"El dinero va y viene, muchachos, pero lo que uno siembra en un hijo no lo roba ni el mejor abogado".
Y luego agregaba, bajando la voz, como quien cuida un secreto:
"Y siempre, siempre revisen lo que su mujer les dejó guardado en un cajón; las mamás saben más de lo que uno cree".
Esa frase se la repetía don Alfonso a sus nietos cuando lo visitaban, sentados alrededor de la mesa del comedor, y ellos la anotaban en sus teléfonos como si fuera una contraseña.
Porque las historias familiares, esas que se cuentan de generación en generación, no se transmiten por herencia, sino por memoria.
Y don Alfonso, que había sido abandonado, se convirtió en el abuelo más recordado de la familia, el que dejó un cuaderno, un ejemplo y una advertencia.
El jet privado de Ricardo nunca volvió a despegar con el nombre de la familia pintado en la cola.
Pero el apellido Ríos, ese sí, volvió a volar.